viernes, 3 de octubre de 2008

ENTRE LUSCO E FUSCO


Seguro que corría el mes de Agosto y se encontraba sentada en el porche de aquella pequeña casita de campo que habían conseguido tener con tanto esfuerzo. Transcurría ese momento tan especial de la tarde, que en su otro idioma se dice “entre lusco e fusco”, sin traducción al castellano, pero que señala el tiempo que transcurre entre el crepúsculo, una vez puesto el sol y la llegada de la noche.
En agosto esos atardeceres son largos y la luz del sol refleja e ilumina lo que toca.
Además había luna llena, enorme, que estaba cambiando de color desde un rojo casi intenso en los primeros momentos al rosado fuerte que ahora mostraba. Seguiría cambiado.
Tenía todas las luces exteriores apagadas para absorber todo de la manera más natural posible. Las aves estaban apaciguándose poco a poco, con ese murmullo tan especial de sus piares y el movimiento de las hojas y ramas de los árboles que las cobijan.
En una noche como aquella no se concebían las luchas, ni siquiera un enfrentamiento por pequeño que fuera. La serenidad del momento era tal que, por fuerza, contagiaba el espíritu.
La luz seguía apagándose en aquel largo y hermosísimo entre "lusco e fusco” y la luna palidecía al mismo tiempo lentamente. Ahora era de un amarillo dorado.
Las gentes de la aldea estarían ya en sus casas listas para la última comida del día y el merecido descanso y sólo iluminaban los solitarios caminos, las escasas bombillas colocadas por el ayuntamiento aquí y allá y que, curiosamente, un vecino tenía la diaria responsabilidad de prenderlas cada noche.
Ahora, de pronto, notó que los pájaros se habían callado, aquietando el movimiento de hojas y ramas, al tiempo que comenzaba a sentirse el cercano chirriar de los grillos, todavía no demasiado escandalosos. No había ni siquiera una ligera brisa que enturbiara tal paz.
Miró hacia arriba se dio cuenta de que no quedaba mucho rato de luz porque el cielo comenzaba a poblarse de esas otras luces gratuitas que adornan las noches y guían e iluminan a caminantes expertos. Una miríada de estrellas fue apareciendo lentamente.
Esperó, disfrutando el momento y cuando la noche llegó, reconoció las estrellas que había aprendido de niña en aquellos otros cielos cercanos en el espacio pero lejanos en el tiempo. Un suspiro de ligera añoranza se le escapó, aunque fue muy breve, pues no podía sino dejar que el ambiente la inundara contagiándole todo su significado.
Había una enorme belleza en la noche: sentías su paz y te contagiaba; los espíritus, por fuerza, hallaban la calma necesaria para encontrar soluciones a tantos y tantos problemas e inquietudes del día a día.
Se abrió la puerta de la casa y, silenciosamente, sin romper la magia, como si hubiese presentido, su marido salió y se sentó a su lado. Sin decir nada miró y escuchó durante un momento para absorber todo aquello que ella pudiera estar sintiendo y entonces alargó una mano para tomar la de ella.
Ambos notaron un estremecimiento porque se miraron y sonrieron.
Imagen: Foro de fotografía OjoDigital.-


2 comentarios:

Froiliuba dijo...

Me sigue pareceindo tanbello y plástico com la primera vez que lo leí, solo que esta vez con el apoyo visual de esa foto... es aún mas hermoso y bonito.Te imagino en ese porche en esa silla, imagino la escena y me da una envidiaaaaaaaaaaaaaa


eres la leche meiga

Balteu dijo...

Mo me cabe la menor duda que aquí luce mucho más bonito este relato, sigo pensando que describes muy bien y que haces que el lector forme parte de las escenas que plasmas, es un verdadero placer leerte Ana.

Un bico.