viernes, 8 de enero de 2010

ECOS DE LA IMAGINACIÓN (¿SUPERSTICIONES?, TEMORES ATÁVICOS)



Se había levantado con ánimos para poner parte de la casa al día, preparándose para el invierno, en un fin de semana espléndido; había despertado a los niños, a su marido y los había empujado literalmente a la calle. Después, claro está, de cumplir con su deber al frente del hogar.
Buen desayuno – comentó él, tras tragarse zumo de pomelo, pan con tomate y aquel café que sólo ella preparaba a su gusto.
Mami, ya no quiero más – dijo Pepito luego de embutirse zumo, un buen colacao, tostadas con mantequilla salada y mermelada, naturalmente de pan de pueblo.
Mami, ¡que ríco!, eres la mejor – Gritó como siempre el tragaldabas de Toño, después de comer todo lo que le pusieron delante y alguna cosa más a su alcance.
Venga, venga, rapidito, al parque, hace un día espléndido, yo no sé que hacéis en casa – dijo ella llena de orgullo y razón – A mí me queda tarea, hoy os libero de ayudas, terminad pronto, lavaros los dientes y, de una vez, ¡a la calle!.
Luego de convencerlos acerca de qué ropa debían llevar y a pesar de las protestas de los tres (era un as en el “toma y daca” y siempre conseguía inclinar la balanza a su favor), envió a sus tres hombres a la calle a tomar el sol que lucía plácidamente, acompañando aquellas nubes, a las que siempre encontraba formas inverosímiles.
Los despidió en la ventana, con los típicos aspavientos de sus manos trabajadas en las labores de esposa y madre. Echó una ojeada y después de comprobar que, como siempre, las nubes le servían de inspiración y que allí había un león y un escultural adonis, suspiró feliz.

¡Menos mal!, por fin podría comenzar. Ahora se armaría de fregona, aspiradora, paños y plumeros, líquidos “limpiatodo” y esponjas suaves para lugares delicados.
Primero, eso sí, visita al espejo para anudarse aquel pañuelo que utilizaba para proteger su precioso cabello. Vistazo general y aprobación para actividades caseras, pensando: “a pesar de no llevar maquillaje y de la ropa de faena, no estoy nada mal”.

Fue justamente en ese momento cuando se dio cuenta.
Su abuelo, fallecido hacía 7 años, era un reputado poeta y artista gráfico, sus obras se cotizaban y sus libros se vendían muy bien. Ambos tenían una relación muy especial porque a ella le gustaba la poesía y era una gran dibujante; por eso era su nieta predilecta. Él siempre insistía en que debía practicar sus buenas aptitudes.
Pero lo que recordó fue el hecho de que, en sus charlas, se habían prometido mutuamente que el que sobreviviese visitaría la tumba del otro, todos los días de Difuntos, osea el 2 de Noviembre y “hoy es 3”, pensó. Se había olvidado por primera vez. Un escalofrío la recorrió como si aquella promesa olvidada fuera algo de mucha trascendencia y llevara aparejado algún tipo de reacción. “Absurdo”, se dijo.

Suspiró, y aunque incómoda, la realidad era que en la planta superior, tres dormitorios y dos cuartos de baño, esperaban pacientemente a que se les tuviera en cuenta. Otro día, se dedicaría al resto de la casa, que no se utilizaba habitualmente.
Sus padres, al ser ella hija única, les habían traspasado la propiedad de la casa (en la familia ya por cuarta generación) hacía ya cinco años. Ellos no la precisaban pues vivían en un pequeño apartamento, adaptado a sus necesidades, en una zona de clima y playas más templados. Era una vivienda de casi 300 años, pero muy bien renovada y adaptada a sus necesidades. Le daba mucho trabajo porque era grande, pero entre ella y la asistenta 3 días a la semana, conseguía tenerla al día. No tenían mucho dinero, pero el suficiente para mantenerla.

Subió la escalera cargada con todos los aperos de limpieza pero pensando obsesionada que algo no iba bien, estaba incómoda. Entró en su dormitorio, en el baño anexo, salió y se dirigió al otro baño, entró en la habitación de los críos, en el pequeño cuarto con el que comunicaba y que utilizaban para sus juegos, en el dormitorio de invitados, en aquella habitación multiusos.
Desconocía qué, pero algo flotaba en el aire.
Por primera vez sus dotes organizativas le estaban fallando, no sabía por dónde comenzar. Todo estaba mal. O bien, como siempre, pero entonces...
Volvió a su dormitorio y el espejo del baño le regaló la imagen de una activa y guapa mujer que no era ella porque, a pesar del coincidente atuendo de trabajo, el reflejo era de una persona que todo lo tenía claro y ella, en esos momentos, era un mar de dudas.
Sentada en el borde de su cama, intentó hacerse un planning mental. ¿Por dónde empezar?. Su mirada cada vez más angustiada se posó en el antiguo armario (había recuperado los muebles más hermosos) y una hermosa caja de cuero le devolvió imágenes de papeles, cartas y objetos que sabía que guardaba: de la casa en su infancia, de aquellos recuerdos que amaba, papeles queridos y alguna fotografía.
En el pasillo, tras aquella puerta del fondo, había un pequeño trastero en el que iban almacenando de todo. Siempre había sido así. Hacia allí dirigió sus pasos para coger la escalera de mano. Algo le impulsaba, antes de nada, a la preciosa caja del armario.
Tras abrir la puerta y prender la luz del cuartucho, se dio cuenta de la cantidad de tiempo que hacía que no entraba allí. Un polvo en suspensión matizaba la luz de la triste bombilla sobre la que parecía revolotear como si se tratara de un camuflaje. Olía, ¿a qué demonios olía?, ¿a abandono?, ¿a viejo?, ¿a secreto?, ¿a remordimiento?, ¿simplemente a miedo?.
Se frotó la nariz, el polvo siempre provocaba que le picara y que pareciera que miles de insectos invisibles se pasearan por ella; se rascó la cabeza con lo cual, aquel pañuelo colocado con tanto mimo y esmero para estar favorecida aun en soledad, pasó a ser un pañuelo cualquiera que más bien la envejecía.
Entonces  se percató de que, aquel rincón de la esquina, aparecía limpio o más limpio que el resto. Justamente aquel en el que se apoyaba la escalera. Parecía que manos y pasos desconocidos hubieran entrado a buscarla ¿para qué?. De pronto notó que la pequeña parte del suelo que permanecía libre de trastos y que conducía hacia la escalera, tenía huellas de pies e, incluso, de bultos o cajas arrastrados, como si alguien los hubiera apartado para pasar.
Mientras un estremecimiento la recorría,  volvió a frotar su castigada nariz. Tenía que tomar una determinación así que entró en el cuarto y un frío gélido recorrió todo su cuerpo. Dio un paso atrás, pero su sentido común le hizo darse cuenta de la irracionalidad de sus temores. Así que, con decisión, volvió a entrar. Hablaría con su marido, siempre era posible que él la hubiera utilizado.
Cuando avanzaba por el cuarto, pisando sobre aquellos desconocidos pies, la puerta se cerró de golpe, haciéndola dar un salto. A pesar de la inquietud, tuvo la valentía de pararse y pensar: “tengo todas las ventanas abiertas, es normal que suceda”. Sin embargo, sus piernas temblaban.
La escalera aparecía especialmente limpia no entendía por qué. Ni ella, ni Fernando la habían usado recientemente, estaba casi segura.
Al salir del cuarto no pudo evitar echar un vistazo y de nuevo una sacudida la recorrió. De todas formas, culpó a su maldita imaginación.
Sentada en su cama, con aquella querida caja en las manos, observó extrañada que no había polvo. Pasó la yema de sus dedos con todo el cuidado por la superficie de la vieja y bruñida piel, poniendo en esa especie de caricia toda la ternura que le inspiraba. Se la había regalado precisamente su abuelo, quien  la había heredado de un tío que había estado en América. Se la entregó cuando cumplió 18 años, despertando la envidia de otros nietos. Allí guardaba sus tesoros: románticas cartas de su marido, los primeros dibujos de sus hijos, cartas de alguna amiga especial, otra larga y enjundiosa de su abuelo desde el hospital en el que había fallecido, recortes de prensa que contenían alguna noticia relacionada con él, alguna poesía que había hescrito ella cuando tenía tiempo y otros  objetos queridos que no servían para nada.
“¡Qué bobada!”, pensó con desazón, “estoy nerviosa pensando en la carta del abuelo”. Sin embargo, cuando tomó aquel precioso sobre, que él había hecho exclusivo al hacer grabar sus iniciales, sus manos temblaban.

¡Estaba vacío!, no podía ser.
Había desaparecido el contenido que su abuelo le había dejado como “herencia especial” por si algún día tenía una necesidad: la carta y aquellos 5 poemas manuscritos que se sabía de memoria, cada uno con su precioso dibujo alegórico (reproducciones de los cuales, hechos por ella, adornaban ahora su dormitorio) y que, a pesar de haber sido escritos y dibujados durante la última larga estancia de su abuelo en el hospital, estaban cargados de optimismo y grandeza.
Levantó los ojos y su mirada se posó en el espejo, en el que vio reflejado el rostro terriblemente triste del hombre.
¿Había una implícita amenaza en sus dulces ojos?, ¿era un simple reproche?.

Cuando sus tres hombres regresaron, no salió a recibirlos ni contestó a sus llamadas. La encontraron sentada en la cama, con una mirada aterrorizada y paralizada en el espejo, al que señalaba con un dedo, la caja abierta sobre su regazo, la escalera ante el armario y el pañuelo de la cabeza descolocado.

Un gélido frío flotaba en la habitación y en el suelo yacía un sobre vacío que aparecía como si tuviera vida y no fuese un mero contenedor; semejaba  un "humillado objeto inanimado".


Imagen: Yanka Soto Cuevas.- http://www.flickr.com/photos/photos_yankaxl/
(Casualmente se trata de una fotografía de Elia Fuentes, mi hija).-

13 comentarios:

Gala dijo...

Me ha recorrio un escalofrio por todo el cuerpo.
Tal vez el abuelo mostro su enfado tras el olvido.

Muy buen relato.

Un beso

Paco Alonso dijo...

Excelente el relato que nos acercas.
Sólo los espíritus agrietados poseen aberturas al más allá.
Cuando regresan destellan obras bellas como esta.

Cálido abrazo.

TORO SALVAJE dijo...

Jo.
Da miedo.
Mucho.
Ay los muertos....
No acabamos de superarlo.

Besos.

Marisa dijo...

Un estupendo relato.

Según iba leyendo
pareciera sentir ese
frío gélido que se intuía
por la presencia del
abuelo. Un buen detalle
lo del espejo.

Besos.

Higorca Gomez Carrasco dijo...

Impresionante, no puedes dejar de leer, cuando lo empiezas tienes que seguir, la expectación te anima a saber el final, muy bueno.


Un abrazo

Aldabra dijo...

¡que bueno! pero angustioso, por dios... un abuelo vengativo, o simplemente un abuelo que vino a buscarla, que sabía que el tiempo se acababa...

¿se murió?
¿no se murió?

¡que intriga!

biquiños,

Aldabra dijo...

se me olvidaba decirte que la foto está muy lograda. impresiona.
bicos,

Quidquid dijo...

Hola!
He conocido tu blog por Maria de las Nieves y me he permitido dar una vuelta por él. Me ha parecido muy interesante tu narración y espero seguir visitándote, si no tienes inconveniente, así como si quieres visitar el mío.
Un cordial saldo,
Luis

mariajesusparadela dijo...

Como aún queda medio día, cumple la promesa, deja el sobre en su sitio y míralo mañana...

HERMOSO relato.
Volveré,no lo dudes.

Zoe dijo...

Me has dejado boquiabierta , es perfecto... aún tengo los pelossss como escarpias...
Precioso Fonsi... sin palabras estoy¡¡¡

Kim Basinguer dijo...

Yo seré una insconsciente, o no creo en el enfado de tu abuelo, proque el amor, siempre va mas allá...lo que me inquieta es saber más de esa historia.

Froiliuba dijo...

muy bueno Anusca, es casi terrorífico, que digo casi, lo es.

Vas metiendo la intraquilidad poco a poco y ese final... fabuloso.

aplausos!!!

La foto est perfecta eh.

Montserrat Llagostera Vilaró dijo...

UN RELATO DIGNO DE CORTOMETRAJE.
ME HA GUSTADO MUCHO.

HOY ME HE HECHO SEGUIDORA DE ESTE BLOG.

UN ABRAZO. Montserrat