miércoles, 30 de septiembre de 2009

RETAZOS DE DOS MUJERES.




Por las mañanas, cuando puedo y el tiempo lo permite, suelo dar un largo paseo.
En estos días en que el verano parece que está comenzando a despedirse, yo procuro retar al tiempo y aprovechar su espacio para caminar, mirar, detenerme a observar, dejarme invadir por las calles en guerra y por las nuevas ya terminadas. En fin, todo aquello que con el hábito de la vida diaria, nunca encuentras momento para hacer. Al propio tiempo, siempre voy buscando nuevas sensaciones, estímulos e inspiraciones.
Así, en mis caminares, voy descubriendo cosas y vidas. O me las invento, apoyadas en imágenes que se suspenden en la retina y se enganchan en mi espíritu.
Hoy no he tenido que hacer esfuerzo por colonizar o desenmascarar otras historias. Alguien me la ha regalado cuando, cansada de mi vagar, regresaba a casa. Subí a un autobús y me senté al lado de aquella mujer que, con mucha cortesía, me cedió el lugar de la ventanilla. Nos sonreímos.


Hacía un rato, mientras esperaba en la marquesina situada en una de mis heridas y polvorientas rúas, observé a aquella señora; estaba sola y llevaba un gran bolso y un sobre en las manos, en el que, a veces, se quedaba absorta. Era madura y hermosa, con ese aspecto valiente y decidido que siempre me deja pasmada y que encuentro en las mujeres de naturaleza indenpendiente, que han intentado vivir como han querido y deseado, aunque muchas veces, agobiadas por sus obligaciones, no lo hayan conseguido.
Nuestras miradas se encontraron por primera vez, cuando ella terminó de leer el contenido del sobre que seguía apretando entre sus dedos. Notaba sus nudillos blancos y toda su figura tensa. Guardó la hoja en su sobre y éste, a su vez, en el bolso. Fue en ese momento, levantó sus ojos y me encontró. Yo creí notar una llamada de auxilio, un fondo de preocupación y un mucho de temor. Fueron unos segundos, pero sé que ella también se vio reflejada y comprendida. No lo puedo explicar mejor; sencillamente hubo comunicación entre dos personas que, es posible, compartieran más que vida en una misma ciudad; acaso gustos y sensibilidades. Sin embargo, nada hicimos por entablar conversación.



Una parada más y ella se levantó para descender, dejándome su sonrisa leve. Yo, mientras el transporte no arrancaba, la seguí con la mirada, intentando imaginar. Antes de bajarse, se volvió y de nuevo vi, por una milésima de segundo, el miedo reflejado en sus ojos, sustituído inmediatamente por una firme determinación. Como si aquello que le preocupaba, hubiese conseguido aceptarlo sin resignación y con un espíritu dispuesto a la lucha. Parecía que su mirada, al mismo tiempo, pidiera mi ayuda. Pero ¿en qué?, no nos conocíamos, posiblemente nunca volviéramos a vernos.
Seguí sus pasos y, antes de desaparecer por una calle adyacente, se volvió y me buscó sonriendo, con un deje de tristeza esperanzada en sus ojos. Era como si, de alguna manera pensara que yo podía hacer algo. Comencé a dejar volar la imaginación y pensar que el encuentro no era tan fortuito como parecía.
La perdí de vista y fue entonces, cuando el hombre que se iba a sentar en su lugar vacío, me alargó un cuaderno de tapas verdes, que yo tomé sin dudar porque en ese instante supe de quien era. Le di las gracias a la persona, como dando por sentado que era mío.
Era un cuaderno corriente, con espiral. Miré si había algún nombre, dirección o teléfono escrito, pero sólo en la primera página ponía: “HORTENSIA (retazo de mi vida hoy, ahora)”. No lo entregué al conductor, me limité a apretarlo contra mi pecho pensando que lo había dejado para mi. No pudo haber sido de otra manera.
Más tarde, mi estricta conciencia me obligó a llamar a la empresa de transportes para preguntar, dejando mi teléfono por si alguien lo reclamaba. Incluso puse un par de anuncios en la presa local y radio. Es que, luego de leerlo y quedar prendada y enganchada en la corta historia, supe que tenía que ser importante para su propietaria.
Sin embargo, no obtuve respuesta.
Así que hoy, cuando ya han pasado tres meses, con todos mis respetos y con un leve deje de tristeza, me atrevo a traer hasta estas páginas mías la historia de Hortensia, si tal es su nombre. He llegado a pensar que es posible que ella conociera este blog y que el encuentro no ha sido casual. Ése sería por lo tanto, el motivo de regalarme lo que yo supongo una vivencia personal y una estupenda historia. Aunque, es posible que todo sea producto de mi febril y vehemente imaginación.
En cuanto al vulgar cuaderno, casi vacío, está a buen recaudo, en el cajón de los objetos sin valor real pero importantes, que atesoro. En ese lugar se encuentran también las memorias escritas de las pocas cosas inexplicables, misteriosas y asombrosas que me han sucedido y es posible que, algún día, cualquiera de ellas o todas mezcladas, me sirvan para escribir una larga novela, plagada de amor y renuncias, misterio, vida y dolor. Su protagonista sería una mujer que siempre llevará ese nombre.




TEXTO MANUSCRITO EN EL CUADERNO DE HORTENSIA:
"Ya no puedo imaginar mi vida de otra manera. Sin su presencia soñada, no hallo ninguna razón para levantarme, hablar, sonreír, compartir vida, afanes, inquietudes, problemas y esperanzas con las personas que me rodean. No es suficiente la lealtad de mi marido, el amor de mis hijos, esas comidas de todos los domingos, ni los estupendos amigos que tengo. Incluso, mis dos queridísimos y activos nietos, que siempre me llenan de asombros y risas, tampoco bastan.
Cada vez que uno de esos correos subterráneos llega a mis manos, se despiertan en mí sentimientos olvidados y el pulso de mi corazón (muy vivido y un poco maltratado), la respuesta de la piel dormida y todo lo que asoma, denotan un profundo sentimiento de juventud latente, acaso recuperada gracias a él, a sus atenciones, a sus palabras.
Aunque, tampoco tiene que ser así. Posiblemente todo haya estado siempre aquí, adormecido por la rutina, esperando una oportunidad para brillar con cualquier pretexto. Como esos navíos que a veces reflotan porque todavía son bellos, sirven y vale la pena recuperar.
No, ya no quiero pensar mi discurrir por los días y las estaciones, por los colores y sensaciones, sin sus noticias. Sean éstas breves y lejanas o profundas y significativas. Reconozco que se han convertido en algo necesario y esperado. En otro estimulo que me hace sonreir. Sin más.
La realidad es que hasta ahora, nunca me habían dicho palabras tan hermosas, nadie me ha dedicado elogios tan elocuentes, aunque soy consciente de que la irreflexión, el momento y la fascinación, son su principal justificación. Lo sé, pero no puedo evitar sentirme halagada y, como si fueran reales, llena de orgullo. Mi corazón recupera aquellos latidos casi olvidados, aquellos que conservaba agazapados tras la monotonía y la rutina de un trabajo absorbente y de una vida que ya parecía que estuviera jugando una prórroga sin final, tras las obligaciones y esfuerzos continuados, e incluso todas las alegrías.
Ahora sé que la prórroga no es tal, he aprendido que es otro tipo de vida, nuevos quehaceres, otras alegrías, e incluso, seguro que sinsabores. He aprendido.
Y, aunque sé que estoy hablando de sentimientos con cabida exclusiva en la imaginación, ya no quiero prescindir de algo que me hace sentir tan bien. Este absurdo nuevo mundo se ha convertido en algo importante, intenso y satisfactorio, Y, con mis años, no deseo renunciar porque me aporta ganas de vivir y bienestar emocional.
Sé que mi proverbial sentido común se tambalea y, conscientemente dejo que teorías ajenas a lo que había sido mi vida, nuestra vida hasta ahora, me invadan. Lo que, juzgando historias, reales o inventadas, siempre me había parecido fruto de la irreflexión, del egoísmo, de la superficialidad más obvia, está cobrando carta de naturaleza. Estas teorías justifican nuevas e ingenuas alegrias que me dicen que la realidad, no es todo, que la imaginación, ese sentimiento callado e inconfesable, forman también parte de algunas vidas. Por lo menos han comenzado a integrarse en la mía con una dulce e inofensiva apariencia.

Tengo el libro abandonado sobre las piernas, con el dedo corazón señalando la página en que me encontraba leyendo, en el momento en que, la historia que leía, impulsó todas esas imágenes y sensaciones. Las gafas, como siempre, colgaban sobre mi pecho, anudadas en aquella cadena que me encanta. No veía ni notaba nada de lo que sucedía a mi alrededor, absorta en todas esas palabras que iba dejando impresas en el pensamiento. No sabía entonces hasta qué punto me iba a ser necesaria la reflexión.
Tanto es así, que tardé unos cuantos segundos en darme cuenta de que era a mí a quien estaba llamando insistentemente, la archiconocida enfermera.
Sí, estaba en la sala de espera para pasar la enésima y rutinaria revisión médica. Apresurada le hice una seña, me coloqué las gafas, guardé rápidamente el libro, sin preocuparme de señalar la página y entré.

Después de tomar un largo café que me ha servido para calmarme, pensar y verter sentimientos en este cuaderno recién comprado, sigo escribiendo, pareciera que para conjurar recuerdos y presencias presentidas. Lo hago, mientras me voy serenando y tomo fuerzas para ir a la parada del autobús para volver a casa. Pienso también, en cómo la realidad te abofetea en momentos precisos y te pone en tu lugar, en el que ahora me corresponde porque no puede ser de otra manera.
Al mismo tiempo medito con calma en la mejor manera de comunicar el triste resultado de esta revisión a Pedro, querido marido, amigo y compañero de tantos años, elegido sin asomo de duda para toda la vida y a nuestros hijos (ambos ya casados, pero niños siempre en mi corazón), a quienes quiero porque sí, sin motivo ni necesaria justificación.
El rebrote de este maldito padecimiento sé el sufrimiento que les va a causar, pero no puedo vivirlo aislada. Los voy a necesitar. Especialmente su amor, comprensión y ánimo.
Sé que ellos me ayudarán a sobrellevar todos los miedos y sus dolores. De ellos obtendré la fuerza y ganas necesarias para la pelea que se avecina, que se me avecina. Una vez más, lo compartiremos todo.
El prosaísmo de tal realidad, me ha colocado de pronto y sin avisar, en el lugar en el que, seguro, debo estar. Nada qué decir.
Sin disimulo ni preocupación dejo que una lágrima liberadora resbale por la mejilla. Sé que, a partir de ahora, no me voy a poder permitir más debilidaddes, ni siquera recordando, empañando y alejando, aquella otra imagen soñada y ya en ese momento, lejana. Un sueño al que nunca hubiera querido renunciar y que en unos segundos, se ha convertido en algo sin importancia."
Fin del texto escrito en el cuaderno.
Ya en la parada del autobús, Hortensia piensa:

¡Qué casualidad!. Subiré al mismo autobús que esa mujer que me ha mirado pareciendo comprender, vaya o no en mi dirección. Ahora entiendo la sensibilidad que desprenden las páginas de su blog. La fotografía que preside su perfil no admite dudas. El azar ha sido bueno conmigo en este momento. Me las arreglaré para entregarle el cuaderno y espero que entienda que me estoy deshaciendo de sentimientos sobrantes pero que necesito que tengan un eco.
Es probable que mi destinatario, la persona que me ha hecho recuperar la ilusión, pueda llegar a leerlo. He hecho bien en poner el nombre con el que me bautizó.

Nota: Hago constar que me he permitido añadir este último párrafo y que, por lo tanto, este final es producto exclusivamente de mi imaginación. A la vista de cómo se ha desarrollado todo, me parece una deducción bastante atinada. Al mismo tiempo, quiero dejar patente mi admiración por Hortensia, toda una mujer.

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El "Cajón de sastra" hace constar que los personajes de esta historia, presentes o implícitos, son totalmente ficticios y que, cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia. Asimismo dice que esta nota, que pondrá en alguna otra ocasión, es únicamente como consecuencia de la tendencia (que observó en otras ocasiones) de confundir ficción con el autor.

La autora se ha basado únicamente en múltiples personajes, conocidos personalmente o por comentarios, que pueblan la red. Y, son mujeres, porque le resulta más fácil ponerse en su piel.



8 comentarios:

José do Neto dijo...

¡¡Qué osadía!!

Parece como si toda la especie bloguera del mundo se haya confabulado para no abrir comentarios en esta página del textil de este cajón de sastra y yo ya no puedo esperar más.
Hace un tiempo que dije que en tal cajón aparecen sorpresas deliciosas de todas las dimensiones. La que se me presenta en esta ocasión es mayúscula por su contenido y extensión comparada con la minúscula y delicada anterior. Ya ni me acuerdo las veces que la he leído.
Expresaba, en algún momento, que el ser que construye estos textos se supera constantemente para el deleite de las personas que la seguimos con todo el interés y profundidad que tal criatura merece. A mi, al menos, me cautiva, me embelesa, me asombra y me mantiene la atención en su escrita porque escudriña hasta llegar a lo más minúsculo.
Para mi es un privilegio abrir el turno de comentarios después del tiempo que supone, en este mundo virtual, el día en que se colgó este espléndido texto. Me admiras y no soy capaz de llevar mi vista a otras lecturas porque te saboreo hasta llevar tu dejo en mi paladar y mantenerte en el tiempo.
Esto no tiene que ver, para nada, con lo efímero del mundo en que vivimos. Supone reposo, sedimento, huella, intemporalidad...
Todo lo que aquí expreso es con mi consideración más respetuosa, con mi agradecimento más sincero por lo que me aporta todo lo que se expresa y con esas excusas que reitero por tener la osadía de ocupar un comentario que parece un acta notarial.
A estas alturas de la película, no soy capaz ni tengo fuerzas para aportar nada más.
¡¡Bendita seas!!

Marisa dijo...

Supiste dar forma a lo que
muchas mujeres sintieron
en esos terribles momentos
en los que le dán noticias
dolorosas.

Besos.

Albino dijo...

Hermosos retazos para imprimir y leer con tranquilidad sentado en una butaca.
Has publicado unos textos que merecen mucha meditacion.
Un beso

Aldabra dijo...

pues cualquiera diría que es ficticio porque yo me lo he creído a pies juntillas.

biquiños,

EL SUEÑO DE GENJI dijo...

Me he quedado prendado del relato amiga mia. A la vez que leia me imaginaba como podría ser esa persona, querría ponerle cara hasta que de repente no escuchaba una sola voz ni me imaginaba una sóla cara, no. Eran miles las que venían a mi, porque esta es la historia de miles, de cientos de miles, de millones de mujeres fuertes, decididas y valientes...Historias anónimas escritas en carpetas, en cuadernos, escritas en una mirada, en una mano que te toca...
¡Qué analfabetos somos!, Podemos leer y escribir, pero no podemos leer las emociones encerradas en una mirada, en un gesto, en un silencio...

Me considero un analfabeto que quiere aprender amiga y con relatos como el tuyo sin lugar a duda voy aprendiendo...

Bicos dende o outro lado.

Anhermart dijo...

No sé si porque soy poco impresionable, o porqué otro motivo, no suelo emocionarme mucho con estas historias de personajes cotidianos, pero lo cierto es que desde la primera línea hasta la última he disfrutado de este estupendo relato como hacía tiempo que no tenía oportunidad de hacerlo. Siendo sincero, en ocasiones entro en un blog, intento leer un relato y lo dejo a los pocos párrafos aburrido de encontrar siempre las mismas sensiblerías. En este caso no ha sido así, sino todo lo contrario, me ha parecido cortísimo. Tiene muchos ingredientes para hacerlo especial: La ternura con la que describes el encuentro en la parada del autobús, las miradas de complicidad, la imagen de la mujer entristecida al releer el resultado del sobre...etc., hacen de esta historia algo muy especial que da para mucho más en el caso de que te animaras a continuarla. La idea de el olvido voluntario de la carpeta es muy buena.
En fin, colega de letras, seguiré leyéndote por si se me pega algo.
Un abrazo.

Zoe dijo...

"Aunque, tampoco tiene que ser así. Posiblemente todo haya estado siempre aquí, adormecido por la rutina, esperando una oportunidad para brillar con cualquier pretexto. Como esos navíos que a veces reflotan porque todavía son bellos, sirven y vale la pena recuperar."

Creo que siempre están en nosotros para hacernos brillar, pero deberíamos aprender a brillar siempre sin pretexto alguno... aunque nadie distinga nuestra luz salvo nosotras...

La realidad supera a la ficción porque tú brillas, cuando escribes y cuando miras... acaso no lo sabes o no eres consciente...pero te lo digo yo que ha visto tu luz y tu brillo...
Entiendo cosas de tu protagonista, entiendo la necesidad de sentir el brillo...quizás tú sabes lo que nunca aprobaría es que la enfermedad fuera la única causa que hiciera que esa mujer mirara a lo que de verdad importa...
Quiero creer y pensar que no sólo es eso que hay mucho amor en el corazón...si es posible llegar a él y creo que Hortensia lo tiene sano y hermoso, acaso sean ciertas experiencias contadas o vividas las que me hacen escribir así... ciertamente detrás de Hortensia está una maravillosa escritora que nunca dejaría que su protagonista femenino fuera de otra manera...
debo decirte además que es altamente original que te mezcles en el relato como observadora y que como observadora lo relates...es cierto como dice d. José do Neto que te superas cada día y que no dejas de sorprendernos nunca....
Cómo puedes ser así melona????
además la elección del nombre me gustó , me recuerdan las bellas hortensias de tu jardín, me recuerdan a tí...



bicossssss

Zoe dijo...
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