lunes, 6 de julio de 2009

ROJO CON FLORES BLANCAS

Cobijado bajo aquel paraguas rojo con flores blancas, esquivaba algún leve charco que formaba la lluvia que caía. Era como si todos los dioses se hubieran puesto de acuerdo, para regalar agua a una tierra castigada por la dilatada temporada de sequía.
La lluvia lo había sorprendido trabajando. Era el último en abandonar el despacho y consideró que, para la distancia que lo separaba de su vivienda, no valía la pena llamar a un taxi. Si había decidido dejar el coche en casa, tenía que ser consecuente. Así que recorrió todos los paragüeros de la oficina, hasta que dio con aquel llamativo paraguas. No sabía de quien era, pero malhumorado como estaba, se encogió de hombros y pensó: “me cubrirá, es más que suficiente”.
Al salir del edificio aspiró el magnífico aroma a tierra mojada que le llegaba desde el gran parque que comenzaba justo enfrente. Las plantas y especialmente a los árboles, estarían desperezándose y estirándose con placer, desentumeciendo todos sus miembros, ante aquel regalo inesperado y tanto tiempo anhelado. Mientras, las flores con sus pétalos ya dormidos por la oscuridad, se plegarían un poco más. Pensó que, si él fuera árbol, se hubiera puesto a dar saltos de alegría.
Las farolas ya estaban prendidas hacía rato, proporcionando a la acera por las que sus pasos apresurados pisaban, apariencia como de un inmenso y tintado cristal que separaba otros mundos brillantes y contrapuestos. Por un momento, imaginó vida bajo sus pies. ¿La había?
¿Qué le sucedía hoy que prestaba oídos, vista y hasta olfato a cosas que, en otros momentos, no percibía ni llamaban su atención?
Miró sonriendo el regular y preciso varillaje dorado del paraguas rojo con flores blancas, como si su geometría, color y dibujos de la tela, fuesen los causantes de esas impresiones nuevas.
Pero ¿qué estaba pensando? Era lógico: el agua, el aroma, el silencio de la calle desierta, las luces, los fantasmas ocultos bajo aquel suelo que asomaba a un mundo paralelo de extraños reflejos, todo le estaba jugando una mala pasada. Sin embargo él no podía dejar de sonreír. Es más, el cansancio, el agotamiento del trabajo y la rutina, estaban desvaneciéndose.
Sus ideas tenían alas, notaba la mente despejada y contenta; reparaba en todos y cada uno de los detalles por los que transcurría su vuelta a casa, como si fuera la primera ocasión que hacía aquel recorrido. Como la vez primera que sus labios recibieron el leve roce de otros labios.
Los preciosos edificios de piedra, ahora relucientes bajo el manto de agua, asomaban con los relieves de todos sus adornos arquitectónicos. Admiró el labrado en piedra, evocando aquel ruido acompasado, que más parecía sinfonía y que, con cincel y martillo, hacían los canteros de su infancia, en las calles de su pueblo natal cuando levantaban una nueva casa.
Los sumideros por los que se iba el agua, no parecían más que regatos en libertad, aportando a la ciudad en aquellos momentos, sonido de naturaleza lejana, con su paz y sus aromas.
Cuando asomaba un árbol iluminado por la farola que le hacía de compañía, sus hojas mostraban el verde más intenso, aun sombreado y oscurecido por el manto de la noche.
Las escandalosas luces de los escaparates, los hacían aparecer como joyerías en fiesta y ese solitario banco, nunca le pareció un asiento tan regio, surgiendo ante sus ojos como un confortable y acogedor sofá con vistas.
Allí estaba su portal ya. Había llegado sin darse cuenta. Dentro, luego de subir los ocho pisos que le separaban de su vivienda, le esperaba su familia, con toda la carga de querencias, problemas y desencuentros. Risas y llantos. Pero ahora creía estar preparado. Ese pequeño paseo en solitario, bajo un inesperado aguacero, le había aportado la visión que necesitaba: todo puede encerrar belleza y proporcionar placer, sosiego, estímulo y descanso. Lo único que se precisa es saber mirar, querer hacerlo.
Querría preservar, para asomarse de vez en cuando, aquel momento de profunda armonía, la calma y aquella nocturna luz. Guardar, sobre todo, ese instante de suprema delicadeza que había descubierto bajo el silencio ruidoso de un paraguas rojo con flores blancas.
Quizá una meiga buena lo había abandonado en aquel despacho, con el único objeto de que él lo viviera.
Imagen: Elia Fuentes, Seixo, Xalundes. "Farol". Na rúa empedrada vestixios da idade.

7 comentarios:

Froiliuba dijo...

Pero... devolvió el paraguas a su sitio al diá siguiente o se lo quedó para poder así disfrutar de esas nuevas sensaciones o´tros días???

bss

abuelo Andrés dijo...

Gracia a que encontró ese paraguas y pudo salir de la dichosa oficina, lo contrario estaría aún esperando cesara la lluvia impertinente para él.
He pasado por tu casa y me he parado a leer lo que dentro contiene.
Saludos.

Ulysses dijo...

muy bonito el relato, disfrute leyéndolo.

Saludos

Zoe dijo...

las cosas que siempre están y que no miramos, y que no disfrutamos. Los paraguas por allí se usan mucho, aquí no mucho, aunque también por ello los perdemos más.Sabes que me gusta mojarme con la lluvia, igual que me gusta la lluvia que no cae pero que me cala cuando te leo...ahora leyéndote quizás sea por eso que en el levante la escasez de lluvias prodiga la escasez de miradas... siempre parece mejor mirar al otro lado....
Es como los poemas en inglés , parecen más interesantes...( podría seguir escribiendo una letanía, ves como me hacen volar tus relatos?)

Dificil sustituir el paraguas y la lluvia ante un poderoso sol que ciega y ... ni te cuento

bicos casi viajeros ya...

Marisa dijo...

Me encantó encontrar en tu cajón de sastra ese paraguas meigo
que hace ver las cosas de otro color.

Bicos.

Dante dijo...

En las cosas más simples, corazón, como este paraguas y la visión que le da al protagonista a partir de esa pequeña caminata en solitario, bajo la lluvia, podemos encontrar respuestas que ni imaginábamos. Siempre es un gustazo leerte. Beso, preciosa.

carapuchiña vermella dijo...

porque a chuvia é arte...e vida