lunes, 15 de junio de 2009

¡YA NO!

Imagen: http://albertomolina.artelista.com/ "Mujer doblegada por su..."


Es muy sencillo, hoy no quiero transigir, No se trata de si debo, no. No quiero, simplemente.
A estas alturas estoy muy cansada ya de contemporizar con todos, de ser yo la única que sonría y ponga buena cara por obligación. Ahora es mi momento. Me toca a mí que los demás me den la razón o consientan porque es mi deseo. Y si no es así, es igual, lo haré de todas formas.
No quiero dejar que influyan mi inclinación natural, las buenas maneras, la educación aprehendida, el resolver todo por la vía del argumento, de la necesidad o de las preferencias de los demás, de lo acordado por todos. Ahora no. No voy a permitir que sean otros quienes tomen mis decisiones. Incluso aquellas que me afectan más directamente.
No deseo que los demás me lleven y traigan a su antojo, sin darme oportunidad a que, un imaginario público, se extasíe ante mí y me aplauda si lo desea, Como se hace ante cualquier brillante marioneta que, movida por invisibles manos, danza y se expresa conmoviendo a todos.
No quiero hacer de nuevo, un pacto político, debidamente analizado y discutido por todos y con un final debidamente consensuado, pero primando siempre sus deseos. No. Es mi turno.
Es el turno de que yo haga, aunque yerre.
Yo también puedo gritar y decir tacos. Los conozco, me los sé todos. Incluso he estado ensayando y los digo con el énfasis, fuerza, energía y contundencia necesarios. Sé hacerlo. También yo.

Primero fueron mis padres. Con la impronta de una excelente educación y de una religión marcada a fuego, volcaron todo en mí y mis hermanos. Esa pedagogía o entrenamiento, exigía guardar lágrimas o sentimientos, sonreír y mostrar siempre la cara más amable del rostro y en el rostro. Obedecer, callar, rezar, sufrir. Menos mal que amaban la belleza y las artes y que consiguieron transmitirnos su agudo y excelente gusto. Menos mal, porque ahí encerré mi adolescencia, juventud, ansias e, incluso miedos. Obedecí, callé, recé y sufrí en silencio y con una sonrisa. Mientras, mis hermanos por ser varones, tenían las vías de escape que les permitían las libertades “debidas a su sexo”. Todo aquello fue duro porque además yo, la mujer, era la que limpiaba zapatos, hacía camas, recogía platos y hacía los recados, si se terciaba y a pesar del servicio que había en la casa.

Luego, como no podía ser de otra manera, el colegio de monjas. Una cultura general, francés (¡menos mal!, pero es que era muy chic), piano (sin carrera, mi talento se limita al amor a la música y a la satisfacción de escuchar). Dibujo, clases de pintura y bordado. Especialmente bordado, llegué a ser una auténtica artista con aguja e hilo en las manos y ¡qué maravilla de labores guardan mis cajones!. Esas labores que ahora no sirven más que para lucir en días especiales y cuando deseamos que los demás sepan que venimos de “encajes y bordados”, con toda la pesada carga que ello lleva implícito. También muchas dosis de exquisitez en el trato, es decir, hablando claramente, un tipo de educación que, a los hombres les viene de perlas que tengamos las mujeres: primero las madres, luego las esposas y más tarde las hijas. Ésa, que mantiene la sonrisa en los labios, el esfuerzo en el ánimo y el trabajo dedicado a ellos y la boca callada con dulces y serenas melodías siempre a punto.
Mis hermanos entretanto, peores estudiantes que yo, pasaron por la Universidad. Por las dos, la real y la de la vida; hoy son dos admirados profesionales, por lo que son y, también por matrimonio.
Y me hice mayor. Crecí para gustar a los hombres, para brillar en sociedad.
Orgullosos, mi padre o mis hermanos, con la aprobación silenciosa de mi madre que pensaba que lo habían hecho bien, me llevaban a toda clase de bailes o veladas, en las que yo pudiera desplegar todo mi “savoir faire”, simpatía y tender las redes. Porque casarse, encontrar un buen partido, era el fin último. Otra impronta marcada a fuego en cada una de nosotras. Yo, todo hay que decirlo, lucía con méritos propios.

Y llegó él. Mi novio y después marido, el padre de mis hijos, mi esposo, mi hombre (aunque esto sería inconfesable ante cualquiera, hasta hoy ni siquiera ante ti misma). Me enamoré como una tonta. Era todo lo que yo no había podido y me hubiera gustado: carrera universitaria, independencia, brillantez social. Todo ello adornado con una simpatía personal y un atractivo físico estupendos. Y ahí estaba yo que también era todo lo que necesitaba aquel hombre: guapa, don de gentes, frescura, gusto refinado, incluso brillante, excelente ama de casa y organizadora, con un aspecto y ascendientes que denotaban que no habría dificultades para concebir, buena, honrada. Sin mácula.
Y nos casamos y fui todo eso en su casa, lo que se esperaba de mí, lo que la sociedad me exigía: su esposa, la madre de sus hijos, la organizadora impenitente, la de la sonrisa franca, la que montó un hogar a la medida de sus necesidades, la que lo quiso con locura, la que siempre estuvo dispuesta. Todo eso y un paño de lagrimas, un bálsamo, una medicina contra las inclemencias y azotes de la vida y del tiempo, un refugio, la calma, el hogar.

Y Mis hijos, pasaron de necesitarme a exigirme, como antes mis padres y luego mi marido.
No quiero, hoy ya no. En todos estos años y sin darme cuenta, he ido superando dependencias y ahora estoy segura. No los necesito, a ninguno, aunque los quiera de una manera irracional, totalmente animal, sin cortapisas. Pero ya no.
He llegado a la cumbre, comienzo a bajar ya y ahora mi deseo es hacerlo por mis propios medios. Descencer sin más ayudas que las que, porque yo quiera, me busque. No deseo los bastones ortopédicos que siempre me han impuesto para moverme o vivir, incluso para seleccionar mi forma de pensar o mis inclinaciones religiosas o políticas. Ahora quiero buscar, encontrar, conocer o experimentar y decidir por mi misma. También deseo que los demás "me sepan" si yo también lo quiero. Que me conozcan a mí, no en función de, con mi bagaje, mis torpezas y mis anhelos.
En esta mesa en la que hoy estaremos todos, incluso mis suegros, he tejido una red y voy a soltar mi voz. Voy a proclamar mi independencia.
No podrán escapar, ninguno. Nadie podrá decir que no ha entendido o que no ha oído.
Porque, esta voz callada y amable, les mirará uno a uno, mientras degustamos el menú que con todo esmero por última vez he preparado para ellos, reclamará su atención y dirá con todas sus fuerzas y la mejor sonrisa ¡basta!, ahora quiero ser yo. Me voy, tengo mi maleta preparada, pero no temáis, no me llevo nada irreemplazable, solamente os secuestro mi persona que, por otro lado, es tiempo de que disfrute yo.

Y saldré del comedor sin recoger la mesa. Que otra persona lleve el café al salón.

8 comentarios:

Caminante dijo...

Muy bien construida la historia mediante reivindicaciones. Di que sí, mantente en tus trece y que sean otros los que quiten la mesa.

José do Neto dijo...

Fuera las constricciones

Ya iba siendo hora. Hay razones, buenos argumentos. Existe una expesión esquisita de todos esos anhelos. Aquí nadie te ha impuesto nada, Ningún término exige. Sale ese torbellino natural que no precisa de cebos que constriñan. No los necesitas, no piques en esos anzuelos que te amordazan. Lo puedes hacer por tus propios medios. Lo creo. No quieras más bastones ortopédicos. Puedes soltar tus palabras a andar con toda libertad. Sal sin recato. Ya no debes recoger nada. Opino que sólo precisas salir de las paredes de tu blog. Hay otro mundo real que tiene que conocerte. Habrá que descubrir cómo.
Hermoso esfuerzo.
¡¡Estupendo!!

Zoe dijo...

se me borró el comentarioooo¡¡¡
Casi real, casi ficción. hay ahoras, hay un momento en que hay necesidad de secuestrar a esa que es y no es "una" y que no es del "todo". Dedicarnos más a uno mismo, para que vean quién somos realmente, no sólo : la madre de, la hija de , la esposa de , la compañera de, la mujer que está detrás de... no hay mayor reivindicción que no ser sólo "de" y aún siéndolo , ser también y principalmente la que sólo es sentida por una misma y dejar que la sientan...

que la conozcan...

Se te siente...

muchos bicos

Versosoy dijo...

Ojalá muchas levantaran plena su voz y dijeran ¡ya no!. Que bien contado, que hondo, que cotidiano, que verdad más verdadera en la vida de muchas mujeres. Me has emocionado y le has puesto palabras a una realidad que veo, y que me duele. que lindo venir siempre. muchos besos.

Froiliuba dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Froiliuba dijo...

eso!!!! a tomar... café, leñes!!!

Me encanta lo reivindicativa que está tu personaje, lo cabreada con el mundo y lo hasta las narices que se levantó.

Eso deberían hacer todas las mujeres todos los días de su vida pero...


Este texto me ha traido al recuerdo aquel que hice de esa señora que e ra todo lo contrario, la que habia pasado por la vida asumiendo todo lo que habian establecido para ella y que por desgracia, suele ser lo mas habitual.

Me gusta la fuerza que le has dado, va creciendo y creciendo hasta que estalla.

Muy bien meiga lo has bordado, olé!! y esto demuestra una vez más lo camaleónicos que pueden ser tus personajes


aloumiños



pd. el borrado anterior es mío,

Internautilus dijo...

Joder, Ana, que tensión! Te veía en la palestra dando un mitin o en una escena de una película de época en la que la proyagonista le da ese speech a su amiga del alma...

Sé que todo lo que escribimos los que escribimos ponemos algo de nosotros en ello. No sé lo ue hay de ti en esa ficción, o lo que hay de ficción en ti. Pero sea como fuere, el resultado es genial. Ana, revisa de nuevo la página que te envié..¿recuerdas? Es el momento!

La signora dijo...

Hoy terminé de leer un libro que aborda ese tema y que me pareció interesante y vengo aquí y encuentro este relato. Bien. Lo principal es que existe la opción de elegir.

Saludos.