miércoles, 27 de mayo de 2009

LA CRUDA REALIDAD

Me he levantado muy activa esta mañana. Hace un día espléndido y los primeros calores del verano, ya en puertas, todavía no incomodan.
Cuando salgo a la calle con mi carrito de la compra, la luz del sol y el aroma del mar, junto a ese cielo tan azul, invaden mi ánimo y el optimismo toma carta de naturaleza en todas mis acciones.
Con presteza y salero, me dirijo a mi habitual supermercado, evocando con una punzada de añoranza siempre, aquellos ultramarinos de antes, quizá no tan asépticos pero más hermosos. De cualquier manera, no dejo de reconocer la comodidad que supone el tener, en un único espacio, cubiertas casi todas las necesidades de una casa: alimentación, limpieza, aseo, menaje.
Me encuentro con Andrea, una vecina con la que comparto cafés y exposiciones. Comentamos precisamente, ese contento que, parece ser, se nos ha instalado a ambas.
Está claro que no soy yo la única que estoy optimista. Es como si la huella del largo adiós al invierno, nos hubiera preparado para disfrutar y vivir mejor la nueva estación.
- Hasta la tarde entonces, Andrea.
- Sí, hasta dentro de unas horas, bonita.
Los días previos a las vacaciones, las exposiciones comienzan a invadir la ciudad, para nuestro contento. Esta tarde tenemos previsto visitar la exposición de “Grandes pintores holandeses del siglo XIX”. No se ve mucha pintura holandesa por esta zona: cuadros aislados en paredes alejadas.
Ya tengo todo lo necesario y me dirijo a la cola de la pescadería, cuyo número llevo ya en el bolsillo: tengo el 83 y van en el 78. No necesito nada más por hoy. Estoy bien surtida, hasta de sonrisas que voy derramando en cualquier rostro conocido con el que me tropiezo.
A mi lado un señor, alto y bien parecido, huele a sudor terriblemente, de tal manera que busco refugio en otra proximidad. No consigo nada, el aroma se esparce con cada uno de sus movimientos. Pienso: “ojalá su turno sea el próximo”. No me gustaría que tuviera un número posterior al mío y ¡menos mal!, ya le toca. Los hados siguen favoreciéndome en este luminoso día.
En ese momento todos los que allí nos encontramos, incluso los de las vecinas “carnicería” y “embutidos”, nos volvemos bruscamente porque se oyen gritos que llegan de la entrada. Gritos y drásticas órdenes, proferidos por acentos ajenos y voces distintas. Entonces, por cada pasillo asoma un hombre armado: dos con pistola y uno con una recortada (creo que así las llaman en las películas); cada uno de ellos sujeta fuertemente a una cajera. Vienen amenazando y obligando también a las personas que se van encontrando. Mientras, otro hombre también armado, recorre el resto de la tienda.
Palidezco, creo que como todos. Nos obligan a entrar en ese espacio cerrado y frío en el que almacenan, limpian y cortan los productos frescos y muy perecederos. Nos obligan a tumbarnos en el suelo, retiran cualquier utensilio (machetes, cuchillos...) que pueda ser peligroso y nos dejan a cargo de uno de ellos.
No sé lo que pretenden, me parece un montaje demasiado importante para un supermercado, aunque estamos a primeros de mes, es fin de semana y esta crisis se está alargando.
Mientras el frío del suelo, favorecido por la fuerte refrigeración del amplio habitáculo, me va entrando por los poros pienso en mi miedo, que es ya pavor, y en lo absurdo de la situación. Esto no es un banco, me repito, no sé lo que pretenden. Por fin deduzco, con mucha preocupación y los temblores hasta de mi espíritu, que quizá yo desconozca las necesidades reales de mucha gente.
La prueba es que está sucediendo, no sueño. De pronto noto que el hombre, del que hace menos de 10 minutos intentaba alejarme, está a mi lado y ¡qué cosas!, no sólo no me molesta sino que su intenso olor a humanidad me cubre y protege como un manto que me parece que me oculta o camufla; su proximidad y olor me dan seguridad y sensación de normalidad.
Y allí, en ese momento del que desconozco el final, me doy cuenta de que ésta es la cruda realidad.

5 comentarios:

Raposo dijo...

Calquera cousa é posible neste mundo e nesta crises que agora padecemos.

Balteu dijo...

Supongo apreciada paisana, que esos calores que cuentas, asociadas con tu imaginación, han producido esta entrada y por eso, nos dejas el final colgado de un hilo, expectantes.
Me gustó el relato de final truncado, sin “continuará”
N. B.: La mujer de hoy, lleva consigo un vaporizador o un espray, no sé si para adormecer a un posible atacante, o para reconvertir el aroma corporal agresor.

Zoe dijo...

Si , la humanidad... ¡ Qué cosas¡, ella misma con sus paradojas , que nos envuelve y nos hace ver la realidad ( queramos o no), chica por qué escribes así? , que me haces pensar y pensar...(el final además magnifico) y no pararía de escribir...Simplemente huimos de lo molesto de otros, y eso mismo es lo que los hace humanos...y nosotros???...

bicos...

La signora dijo...

Oh, humanidad, había olvidado tu aroma.

Paseando por una de tus casas, un afectuoso saludo.

La signora dijo...

Por cierto, acabo de ver la foto de tus camelias.