viernes, 27 de febrero de 2009

PUERTA DE APRENDIZAJE

Sucedió hace algunos años y, aunque pueda parecer otra cosa, no demasiados.
Cuando se inicia la historia que puede interesar, una joven se coloca el largo velo negro, sujetándolo con disimulo sobre la toca y abre la puerta, dejando con placer que el aire de principio de otoño roce su rostro, mira entonces al oscuro cielo tachonado de estrellas, sin una nube, se santigua y respirando profundamente, sale del convento.
Era una recién llegada a la ciudad y aunque sabía lo que tenía que hacer, estaba nerviosa e inquieta; sus pocos años y la poca experiencia de la vida que tenía, a pesar de sus estudios completados con brillantez, hacían que sus temores se agrandaran. En el noviciado no les preparaban para determinadas cosas y aunque tenía ya 23 años, sólo intuía, por lo poco que había vivido en su casa, que no todo era tan sencillo como sus maestras le habían enseñado. Mientras había durado su noviciado, nunca había tenido problemas con la obediencia o el silencio y la castidad, que eran los grandes “caballos de batalla” de sus hermanas, sin embargo, algo le decía que la vida, las personas y sus reacciones, eran más complejas.
Antes que ella, otra monja había salido con otra dirección y después todavía le seguirían más.
Su vocación siempre había sido ayudar a sus semejantes, especialmente a los mayores, enfermos y niños y por eso había profesado en esa Orden que se dedicaba justamente, a trabajos en hospitales, asilos y asistencia a enfermos y personas mayores por las noches, asi como a educación en colegios para pobres. Había pedido que la enviaran a Misiones pero, de momento, allí estaba.
Su familia y amigos habían luchado contra esa determinación suya hasta el último momento, pero nada la pudo apartar de tal decisión. La vida le interesaba únicamente como un servicio de completa entrega a los demás. Disfrutaba ayudando.
Era su primer destino y su primera salida. La dirección que llevaba era la de una casa bastante cerca del convento, que estaba situado en el caso viejo de la ciudad. Así que tendría que ir por calles mal iluminadas y solitarias.
A pesar de todo, el miedo y la inquietud que podía sentir, era más derivado del desconocimiento respecto a la propia vida y a la gente, que a su seguridad personal; sus profundas creencias religiosas la salvaban de estos temores.
La persona que tenía que acompañar, era una mujer, de 80 años, que vivía con un nieto que estaba estudiando en la ciudad. Era viuda y sus dos hijos hacía muchos años que se habían trasladado. Aunque se desenvolvía bastante bien y durante el día tenía una asistenta que le resolvía los trabajos más pesados, por las noches su familia no quería que estuviera sola. Carlos, su nieto, salía frecuentemente, bien por cuestiones de estudio o por simple diversión. Y era para esos días para los que habían solicitado los servicios de las monjas. Por lo tanto, ni siquiera tendría que hacer el esfuerzo de velar y atender a un enfermo, sería un trabajo sencillo. Estaba convencida de que se lo habían dado, precisamente porque era una recién llegada.
Doña María, era una sencilla y dulce mujer que la recibió con una gran sonrisa. Luego de las presentaciones y de haber pasado por el tamiz de la señora, que terminaba de cenar y estaba viendo un rato la televisión, abrió su breviario y se dispuso a sus lecturas, interrumpidas de vez en cuando por los esporádicos y simpáticos comentarios de la mujer.
Pronto se dio cuenta de que le gustaba doña María. Era lista y sus atinados comentarios estaban plagados de honda sabiduría y parecía que también, de grandes dotes de observación.
Aquella noche, fue lo único que tuvo que hacer. Simplemente conocer a una persona entrañable, acomparla a la cama cuando llegó el momento y velar la noche entera. Por la mañana, en cuanto hubo servido el desayuno, se despidió hasta la noche. Carlos estaba en vísperas de exámenes y, o salía a estudiar con compañeros o se encerraba en su habitación sin dar señales de vida.
Mientras regresaba, aparte de dejarse empapar del aire fresco y limpio de la mañana, de la belleza del otoño, de la maravilla que suponía mirar los árboles que adornaban las calles de la ciudad, que antes de la caída de las hojas se teñían con aquella maravillosa gama de ocres..., recordaba las explicaciones que doña María había hecho de su nieto, principal foco de conversación. Carlos, le había dicho, era un guapo mozo con un prometedor futuro, es cierto que sus padres no son muy ricos, pero él, creo que tiene de sobra con lo que es: un joven trabajador, estudioso e inteligente, las chicas se lo deben estar rifando.
Sor Teresa todavía sonreía al empujar la puerta del convento.
Una noche, cerca de las vacaciones de Navidad, recién llegada a la casa y después de besar a doña María e interesarse por su salud, entró Carlos en tromba, llamando a su abuela.
Ésta, luego de dar un respingo, sonrió y le dijo a la monja, “¡que bien!, ahora lo vas a conocer”.
La llegada inesperada del muchacho, seguramente encontró a la monja con las defensas bajas. Carlos, al tiempo que, gesticulando y danzando como un loco, abrazaba a su abuela y le decía, “he aprobado, he aprobado la endiablada asignatura, he sacado sobresaliente”, no dejaba de mirarla con descaro, atrevimiento y profunda simpatía al mismo tiempo, así como con gran curiosidad y extrañeza. Ella, notó que un intenso rubor coloreaba sus mejillas.
Doña María hizo las correspondientes presentaciones y, luego de felicitar a Carlos, la monjita se retiro a la butaca más alejada con el corazón totalmente descontrolado, dejando que abuela y nieto se entregaran a su lógica felicidad y pensando: “¡menos mal que los latidos del corazón no se notan físicamente!”
Aquella mañana, cuando Sara (que al profesar había adoptado el nombre de Sor Teresa en honor a la de Calcula, a quien admiraba profundamente) regresaba de su trabajo, permanecía todavía azorada y excitada, llevaba la cabeza baja y al entrar en el convento, se fue directamente a la Capilla. Se arrodilló en aquel reclinatorio puesto ante el Altar Mayor, que nunca utilizaba, tratando de averiguar qué era lo que le había sucedido. Qué era aquello que arrebolaba sus mejillas y hacía que el corazón se saliera del pecho.
Suplicaba primero a Dios, y exigía después, la explicación de por qué su corazón se había vuelto loco, de ese rubor y excitación. Por qué aquella inquietud y aquel temor a una mirada que procedía de unos ojos que eran como todos, aunque más bonitos, eso sí. Por qué, su mano temblaba en el momento en que consiguió librarse de aquel primer apretón de manos. Por qué sentía aquello Virgencita, por qué. ¿De dónde nacía ese miedo, de dónde, al mismo tiempo ese contento?.
Todavía acudió a casa de Doña María tres veces más y, desde aquella noche, como por ensalmo, con una u otra disculpa, Carlos se hacía el encontradizo y cada vez, fueron sus estancias más prolongadas. Y también cada día, Sor Teresa había salido de la casa con el corazón desbocado y el rubor y el miedo instalados en todo su ser.
En el convento, a su regreso, su primera visita, nada más llegar, había sido a la Capilla.

Y hoy, dos largos y difíciles meses después, Sor Teresa sale por aquella misma puerta, pero ya como Sara Vázquez, con una maleta en su mano y su corto pelo al viento. Regresa a casa de sus padres y tratará de enderezar y reiniciar otra vida.
Nunca, contaría después a quien se interesaba, recibió contestación o explicación alguna, ni por parte de las monjas, su confesor o, mucho menos, del Altísimo, la Virgen o cualquiera de los santos a los que, inutilmente, pero con fervor y contumacia, pidió ayuda.
El descubrimiento fue lento, pero de ella en soledad: no podía vivir en ese estado que la empujaba, inexorablemente hacia unos ojos, una mirada y unos brazos que no eran los de Jesús, su esposo. Se había enamorado de alguien terrenal, humano y con ese hermoso sentimiento (ahora lo sabía, aceptaba y deseaba), todo lo demás se había desmoronado.
Imagen: De Flickr, "Galería fotográfica Diselgraf" - De "Perdidos en la eternidad": Monjas rezando.

4 comentarios:

Caminante dijo...

Si es que donde se pongan los bienes terrenales que se quiten los incorporeos...

Zoe dijo...

Es que al sentimiento no se le puede condenar al encierro... no hay nada más sabio que aceptar lo que sentimos nos lleve a donde nos lleve.. Luego los sentimientos crecen o mueren pero al menos dimos todo... No hay mejor derrota del que se siente vencido en el combate pero fué por amor... No hay mayor deshonor de aquel que venció pero con falsedad....
luchar contra los sentimientos cansa y agota hay que dejarlos libres para que vuelen, siempre estarán en nosotros para cuando haya de nacer a un tiempo...

bicos

RosaMaría dijo...

Qué bonita historia! Se desliza suave, y con absoluta naturalidad hacia el cambio de condición. Me encantó. un abrazo.
Te pido un favor como a Balteau: que pases por el blog de mi ahijado de blog de Coruña, pocos lo leen, y si se estimula, como es super inteligente tal vez se largue a escribir. Es un muchachito encantador.
Manu o:
O blogue de Manuel

Internautilus dijo...

Leyendo, me he imaginado la carita de la novicia mirando de reojo al chico... Me ha transportado, me ha puesto en situación... Magnifico relato!

Besos,
V.