viernes, 12 de septiembre de 2008

ÚLTIMO RECURSO

Había viajado a Madrid por la mañana y después toda la noche, porque al Noroeste español todavía no llegaban los trenes de alta velocidad. Luego, desde la estación de destino, un taxi hasta el hotel que había buscado lo más cerca posible de aquella playa. Observó que apenas quedaban turistas. Había podido elegir habitación y desde la ventana se veía a lo lejos el mar. Un mar separado del hotel por un amplio arenal, paseos de madera y la carretera. La playa era enorme y a su izquierda estaba la pequeña ermita, todo el conjunto de una enorme belleza. Estaba asustada y, en el fondo, avergonzada por lo que iba a hacer, pero nada ni nadie la disuadiría. Era su último recurso y había puesto todo su empeño en él. Por suerte, el día estaba soleado, aunque la temperatura no era ya muy alta y sabía, porque lo había preguntado, que seguramente habría luna esa noche.

Tan sólo quince días atrás, estaba con su madre y sus dos tías, limpiando y levantando la casa de su abuela. Ellas se habían puesto de acuerdo para repartirse todo lo que había ido llenando la casa durante tres generaciones y, si había algo que las tres apetecieran, estaba claro, harían un sorteo. Su relación siempre había sido perfecta y se querían mucho por lo que no deseaban que nada enturbiase ese sentimiento, ni siquiera la posesión de algún objeto que anhelaran intensamente. La casa finalmente sería para su madre que había comprado su parte a las otras dos.

En el fondo de un cajón de la cómoda de su abuela, encontró una preciosa y vieja caja de madera que el tiempo había ennoblecido con esa pátina que sólo su paso regala. Se sentó sobre la cama con el corazón palpitante y tímidamente, como si pudiera a enturbiar el descanso de algún secreto o como si accediera a algo inconfesable, la abrió.

Casi se sintió defraudada, ya que había lo típico: unas flores secas, unas poesías, cintas de seda de colores, alguna vieja fotografía y dos grupos de cartas y papeles. El primero era de misivas cruzadas entre sus abuelos y le pareció que era pronto para irrumpir en la intimidad de dos seres que habían significado mucho para ella. El otro la intrigó más. Los sobres y papeles sueltos, que estaban algo sucios y se veían muy antiguos y ajados, iban dirigidos, casi todos, a Doña Amelia Rosas Lourido que era su desconocida bisabuela.

En este segundo grupo había un sobre en tono sepia por el paso de los años que ponía, escrito a lápiz: “cuento verdadero”. Descartó lo demás y abrió éste. Dentro, con alguna falta de ortografía y una letra que hacía pensar en que ya era muy mayor cuando escribió, doña Amelia contaba lo que parecía ser su secreto y, a pesar de su habitual escepticismo, el corazón de nuestra amiga comenzó a latir aceleradamente. Cuando terminó sus mejillas estaban arreboladas y se guardó el sobre, sin decir nada a las otras mujeres.




Al día siguiente, en cuanto entró en su despacho, haciendo uso de Google, comenzó su particular investigación que, finalmente, la habían llevado a mentir a su marido, diciendo que tenía que viajar a Galicia por un par de días, porque un cliente impedido, así se lo había rogado.


Y allí estaba ahora, esperando que llegaran las 12 de la noche, después de dar un paseo hasta la cercana playa y haber tomado el sol en una roca con nombre propio: “La cama de la Virgen”. También, esforzándose por hacer todo lo que decía la tradición, había pasado por la ermita para barrer retablo y ábside, tal como estaban haciendo algunos otros fieles. Se había preparado. Cenaría bien y después llegaría el momento.

Era ya casi media noche y, efectivamente, había una preciosa luna y el firmamento estaba tachonado de una legión de estrellas brillantes que ponían el marco y contrapunto necesarios para lo que se le avecinaba. No tenía ni idea de cómo hubiese reaccionado de no haber sido así

Se dirigió hacia la playa. Cuando llegó supo que no era la única, que no estaba sola en aquella especie de locura que la había llevado hasta allí. Esperó, como las otras cerca de la orilla, a que fueran las doce en punto y entonces, como movidas por un resorte, comenzaron a avanzar dentro del agua, hasta situarse de forma que su vientre recibiera el golpe de las olas.

... Tres, cuatro, cinco (el agua estaba muy fría, pero el corazón emocionado y esperanzado), seis, siete, ocho, nueve.

Ya estaba. Ya se había cumplido el rito de fecundidad, ahora sólo quedaba esperar.



CONTENIDO SOBRE: "cuento verdadero"

Escribo esto por si alguien lo necesita y lo quiere saber.
Mama que era de O Grove cerca de Pontevedra me contó muchas veces su vida asta que se caso con papa y me contaba marabillosos cuentos de su Galicia como decia ella.
Ella era mariscadora que son las que van a recoger los berberechos y almejas y otros mariscos en las arenas de las playas y me contó que hace muchos años por 1845 o asi un matrimonio de la ciuda de Madrid muy buenos y agradables les preguntó a ella y a las otras sobre la playa de A Lanzada.
Ella y las otras mugeres les contaron lo que sabian y que olleran siempre en sus casas que era que en la ultima noche del mes de agosto las mugeres que tubieran poblemas para preñar y parir que tenian que ir a esa playa y a las l2 de la noche recibir las nuebe olas en el vientre y que despues tendrian ijos seguro.
Mi mama nos conto que ese matrimonio le escribio a una de las mugeres dando la noticia de que tubieran un hijo lo que los doctores no entendian y alegro mucho a todas.
Conto siempre mama tambien que la noche de san Juan iban gentes de todos lados a esa playa tambien para curarse los meigallos y otros embrujos y que en la ermita barrian para espantarlos.
Espero que todo esto que ahora no se puede contar porque te llaman loca sirba para alguien de mi familia algun dia es lo que deseo porque lo que dije es todo cierto y verdad
esta que lo es Amelia Lourido.




Imágenes:

Caja de Madera: museovirtualmemoriarepublicanademadrid.blogspot.com.-

Colección de cartas de Albert Emstein y Martarita Konenkova - Associated Press.-



3 comentarios:

balteu dijo...

Xa oíra falar do poder das ondas mariñas para axudar ao embarazo das mulleres, o que non sabía era que tivera que ser na Lanzada nin que as candidatas tiveran que cumprir con eses ritos.
Paréceme que fixeches unha narración moi completa, moi ben levada desde o inicio ate o final, facendo que o lector se meta no conto quedando preso ate acadar de lelo.
Gustoume moito paisana, coma tódalas túas.
Un bico.

Balteu dijo...

Hace mucho tiempo, quizá cuando era niño, oí a una señora de Guitiríz hablar sobre la historia de las olas y las mujeres con problemas para tener hijos, pero ella hablaba de Riazor, seguramente porque era la playa más conocida de aquí.
Un bico.

La signora dijo...

Aunque no conozco esa playa, sí y muy bien el color del mar en la oscuridad, su olor, sus sonidos...
Tu relato como un caracol marino me trajo los sonidos del mar esta noche.
Gracias.