domingo, 7 de septiembre de 2008

ANTES DEL DESATINO

Se despertó obsesionado: escribir, tenía que escribir, como siempre hizo.


De pronto se encontró sentado en la mesa de la cocina esperando..., no, no podía, estaba solo, tenía que levantarse y servirse aquel café que había dejado hecho Obdulia y que olía tan deliciosamente. Sobre la mesa había un plato con una tostada (nunca tomaba más) y un bote de atractiva y anaranjada mermelada, amarga y sin azúcar.
Después del frugal desayuno sabía que debía fregar los pocos cacharros e, inmediatamente, sin perder el tiempo, sentarse a escribir. Así había sido durante muchos años, exactamente desde que, hacía quince, había dejado de dar clases, comenzando entonces una febril y fructífera relación con la pluma y el papel. Ahora tenía 80 años y había publicado, sin contar los anteriores libros (que se habían limitado a intensos y serios ensayos), 5 hermosas novelas con notable éxito.

Ahora recordaba con toda precisión que aquella mañana Obdulia, después de depositar en su frente un ligero beso, había salido para dar una conferencia sobre la edad y sus estragos. La mayor parte de la audiencia no iba a ser de gente joven, casi exclusivamente personas de edades semejantes a las suyas. La habían comentado ampliamente y él con su vieja sabiduría y experiencias personales, le había dado el contrapunto masculino a tan escabroso y difícil tema, ayudándole a prepararla durante días.
Sin embargo ahora, sentado ya en su ajada pero cómoda butaca forrada de terciopelo descolorido, con la tabla que se había hecho fabricar sobre sus piernas y por lo menos una mano de cuartillas en blanco delante, no sabía qué debía hacer. Automáticamente se levantó y en ese momento le vinieron a la memoria las reiteradas palabras de su mujer en los últimos tiempos:


- Creo que deberíamos visitar al médico, últimamente tienes extraños olvidos y despistes que no son habituales en ti.- Como siempre, se había negado sistemáticamente.


Tuvo que pararse a pensar qué era lo que quería hacer y, todavía más, si quería hacer lo que se disponía a comenzar, que realmente tampoco tenía claro qué era.
Su brillante inteligencia, su lucidez y sus reflejos parecía que le estuvieran jugando una mala pasada. ¿Dónde estaba Obdulia?: esa mujer, de la que nunca había sabido prescindir y con la que había elegido compartir toda su vida, nunca estaba cuando verdaderamente la necesitaba.
¡Ah, ya!, la conferencia en el Círculo de Amigos de los Pazos..., volverá pronto.
Decidió darse una buena ducha para tratar de despejarse y, cuando tuvo que vestirse, dudó qué ropa debía ponerse: aquellos pantalones de lana gris y el jersey granate o los pantalones de lana granate y el jersey de cuello vuelto gris. Finalmente tomó de una percha el grueso chandal que usaba en sus paseos y aquellas confortables y calientes pantuflas.
Se asomó a la ventana que daba al pequeñísimo jardín, comprobando que el otoño se estaba adelantando pues ya se veían muchas hojas por el césped que provenían de los dos únicos grandes árboles que cabían: un roble y un plátano. Sonrió recordando la grata sombra que ambos les proporcionaban en verano y el sano ejercicio que hacían durante el otoño, por la obligación que se imponían de utilizar frecuentemente el rastrillo.
Regresó a su sillón y se repantingó apoyando su cabeza.


Cuando Obdulia regresó hora y media más tarde, feliz por el buen desarrollo de la conferencia en cuya preparación ambos había participado, Santiago, que seguía sentado en el viejo sillón, no dejó que le contara, con cara de susto le alargó una hoja de papel en la que, con letra titubeante, había escrito:
"Ya es hora, tienes razón, antes de que haga algún desatino irremediable, deberías llevarme al médico”
Foto extraída de: B. Fleetwodd-Walker.- Foto: Quirk: The Armchair, Dudley Museum & Art Gallery

2 comentarios:

La signora dijo...

Me cautivó.

balteu dijo...

Otra hermosa narración fruto de la creatividad de una buena escritora, ¡ah, quien tuviese una Obdulia así! y una pluma como la tuya.
Un bico.