martes, 8 de abril de 2008

LA VACA

Los días previos a la celebración de la boda de Susana (con gran pompa, boato y todos los requisitos que mandan los cánones del estilo y moda), con su ahora ya flamante marido, a la sazón médico traumatólogo especialista en pies, habían recibido como regalo una vaca de porcelana; una vaca de adorno de tamaño medio, blanca, con sus manchas, sus cuernos, sus largas pestañas, sus ojos soñadores y su larga cola.
Susana, que seguía con pasión la moda, era muy refinada, vestía con gusto y elegancia y pretendía hacer de su hogar una casa como las que salen en las revistas de decoración, encontró el regalo no sólo feo, sino de un auténtico mal gusto.
Así que, por no desairar a la persona que les había hecho el obsequio, sabiendo además que pertenecía al Jefe del Servicio de Traumatología del Hospital donde su joven marido iniciaba su deseaba y esperaba que fructífera carrera, colocó la espantosa vaca en un lugar que no se viera demasiado, pero que, al mismo tiempo, estuviera lo suficientemente expuesto para que cualquier niño, en una espontánea y no prevista carrera, pudiera llegar a tropezar y ¡zas!, la vaca hecha añicos.
¡Ay!, Susana todavía recuerda con gran agobio y fuertes palpitaciones, aquel día, poco después de haber terminado de instalarse, en el que, haciendo las compras de primavera, pasó por una lujosa y carísima tienda especializada en regalos chic. La chica, a la que probando y comprando esto y aquello el tiempo se le había pasado en un pispás, iba a buen paso, con aquel salero innato y aquel movimiento de caderas que la habían hecho tan popular en la ciudad, con su rubia melena corta, tan a la moda, moviéndose de un lado a otro, cuando de pronto, en una fugaz mirada por el rabillo de su ojo izquierdo (no podía evitar las tiendas, cualesquiera que fuesen, que marcaran estilo) la vio.
Allí estaba su vaca, colocada en uno de los vistosos y llamativos escaparates, bien visible y en un lugar privilegiado. Frenó en seco atónita y volvió a mirar incrédula. No había duda, era una vaca como la suya. Una vaca de porcelana blanca, de tamaño ni grande ni pequeño, con sus manchas, sus cuernos, sus largas pestañas, sus ojos soñadores y su larga cola. Pero lo peor es que ostentaba en el pedestal de madera sobre el que descansaba, la misma marca de fábrica que tenía la que poseían.
Susana no soltó un taco porque ella no hacía esas cosas, pero se le escapó una ligera patada en el suelo que nadie notó.
Respiró hondo, entró en la tienda y se acercó a un atractivo dependiente al que agradeció que se la mostrara pues, le explicó, estaban invitados a una boda y le parecía que podía ser el regalo idóneo. El joven hizo una seña al encargado que se acercó a ella solícito y con toda educación y amabilidad, la felicitó por el buen gusto que la elección demostraba, afirmando que la vaca en cuestión estaba hecha en una de las mejores, mas prestigiosas, modernas y premiadas casas de porcelana de diseño que había en ese momento en Alemania.
Preguntó su precio y cuando lo supo palideció, pidió disculpas, dijo que no se encontraba muy bien pero que, por supuesto, volvería con su marido. Salió corriendo, como alma que lleva el diablo con el temor de que, entretanto, su nueva y todavía no muy hábil empleada del hogar, hubiese armando cualquier estropicio, hasta entonces deseado y esperado. Llegó a su casa temblando y corrió al peligroso lugar en el que había situado la vaca.
¡Menos mal!, su ahora preciada posesión todavía seguía intacta, nada irremediable había sucedido en su ausencia. Con toda la ternura, tomó la vaca en sus manos y comenzó a buscar nuevo emplazamiento, bien visible y lejos de las torpezas de las posibles y peligrosas carreras de cualquier descontrolado niño.

3 comentarios:

Froiliuba dijo...

ya veo la vaca jajajaaja
e inauguro el blog con este comentario

ahora a ponerlo bonitiño
muaks

La signora dijo...

Las veo. A ella y a la vaca.

Rocío Fondevila dijo...

Genial. A mí me regalaron en su día un jarrón enorme y espantoso: como sabía que los regalacodres no vendrían nunca a mí casa lo devolví. Desgraciadamente el precio era ínfimo, lo que me permitió confirmar la tacañería de los anteriormente aludidos (y ya te diré quiénes eran, que los conoces) y desprenderme de tan horrenda pieza.
Bicos.