martes, 10 de febrero de 2009

ROSA

Era un 7 de Enero de cualquier año, quizá incluso de éste que transcurre, el dia en que comenzaban las rebajas de invierno en aquellos grandes almacenes.
Rosa, estaba a las ocho y media de esa mañana bajando del autobús que tenía la parada justo enfrente. Desesperada, se dio cuenta de que no era, ni siquiera, de las 10 primeras en llegar; había una larga fila, como 25 personas, casi todas mujeres.
Se colocó en el puesto que le correspondía con los nervios a flor de piel. Le gustaba ese día. Le gustaba sacar partido del esfuerzo de haber llegado de los primeros. En su fuero interno pensaba que, de alguna manera, engañaba o estafaba a la tienda, lo que le producía honda satisfacción.
Hacía frío, pero ella muy previsora, se había llevado un termo con chocolate bien caliente. Se había levantado muy temprano, casi de madrugada y había conseguido salir de casa, sin que nadie se enterara. Así que, como no había tomado nada, desplegó aquella silla-bastón que utilizaba para guardar colas en museos, para adquirir localidades (siempre le tocaba a ella) y, sobre todo, para las rebajas.
Hacía frío, así que hubo miradas de ligera envidia por parte de los miembros de la cola, sobre todo de los primeros. El chocolate humeante estaba buenísimo con aquellos estupendos churros del bar que estaba al lado de su casa. Sentada, bolsas en el suelo, bien sujetas con las piernas y, a disfrutar un poco.
Una vez acabado el refrigerio se dio cuenta de que, tras ella, la gente seguía llegando y todavía era temprano. Había traído una novela y se dispuso a esperar, aunque cada dos minutos, excitada, miraba su reloj.
¡Por fin!, delante hubo movimiento y, como si un resorte hubiera activado la fila, todos miraron. Sí, ya había vida en el interior. Rápido vistazo a la hora, faltaban un par de minutos. Guardó novela y plegó el bastón colgándolo en los hombros, junto con su gran bolso, cruzados ambos sobre el pecho, de manera que molestaran lo menos posible al dejar ambas manos libres.
Entraron en tromba, pero ella estaba muy acostumbrada y tenía la práctica que da la experiencia en ese tipo de situaciones, así que, rápidamente accedió a la planta que le interesaba, aunque después se pasaría por hogar, perfumería, zapatería, y ya aprovechando, se daría una vuelta por decoración, quería cambiar también las alfombras de su casa.
Rápidamente hizo acopio de un bonito y elegante traje de chaqueta, dos pantalones, 4 jerseys de distintos modelos, un par de cazadoras, una de ellas de piel, unas cuantas camisas y, con todo ello, entró en el último probador que quedaba libre.
Le gustaba el traje, el color negro era elegante y no tenía que tocarle, le quedaba perfecto, bien es cierto que, aún rebajado, costaba 250 Euros, pero creía que podia permitírselo. Estupendo, dos de los jerseys, con su buen ojo habitual, combinaban perfectamente con los pantalones. Las blusas eran un poco caras, pero dos iban perfectas con el traje: una discreta y la otra para un día de locura. La cazadora de piel no le gustaba demasiado, pero la vaquera era estupenda. Por lo tanto se llevaría: el traje, los pantalones, dos jerseys, dos blusas y la cazadora vaquera.
Tenía que darse prisa, todavía quería echar un vistazo en el departamento de lencería en la misma planta. En el fondo, esa era su autentica debilidad. Y luego ya, continuar.
Se dirigió apresuradamente hacia la salida de los probadores que ya, en ese momento estaban abarrotados. “¿Cómo era posible?”, en la caja había ya movimiento y eso que ella presumía de ser rápida.
Cuando llegó su turno, un encargado “porque lo era, seguro”, la miró preguntando: -¿dinero o tarjeta?-. “Qué estúpido -pensó ella- ¿cómo podría pensar que llevaba tanto efectivo con semejante aglomeración?, a saber con qué clase de gente se tropezaría”.
Extendió su tarjeta dejando el carnet de identidad a la vista, como era su costumbre, odiaba esas conversaciones estúpidas que nacían alrededor de una caja de una tienda, siempre iguales y siempre vacías; ella era práctica y tenía cosas que hacer.
Aquel hombre la miró de arriba abajo, con cara de perdonavidas y las gafas en la punta de la nariz, le echó un vistazo a la tarjeta, de nuevo a ella y, por fin, se decidió a comenzar a trabajar.
Después de registrar todas las compras, el empleado metió la tarjeta y volvió a mirarla “un poco descaradamente”, pensó. Otro vistazo a la pantalla y un: -disculpe señora, parece que hay una avería, tenga la amabilidad de esperar un poco-.
Levantó el teléfono y dijo algo con voz tan baja que ella no consiguió enterarse.
Pasados unos minutos, dos personas de seguridad se colocaron a su lado, instándola amablemente, pero con la suficiente energía como para no poder hacer otra cosa que obedecer: -señora, por favor, ¡acompáñenos!-. “¡Dios!, ¡qué pensaría toda aquella gente que la miraba!”.
No comprendía lo que estaba sucediendo. La dejaron en una pequeña e impersonal salita, con uno de los guardias en la puerta. Intentó pedir explicaciones pero siempre le contestaban lo mismo: -no se preocupe señora, tenga paciencia, todo se aclarará rápidamente-.
Dos horas después, la puerta se abrió dando paso al otro guardia, que venía acompañado de dos personas más: un hombre que no conocía y “¿qué hacía Ángel, su marido, aquí?”.
Al día siguiente Ángel, se reunió con Pablo el psiquiatra de Rosa desde hacía dos años, para hablar sobre la posibilidad de ampliar tratamiento y terapia, ya que, de continuar así, no podría soportar mucho más. Hacía un año que, debido a las deudas contraídas, había tenido que hipotecar su casa de vacaciones y pensaba que el piso de la ciudad correría pronto la misma suerte pues, muchas veces, las tiendas se negaban a aceptar tantas devoluciones.
Su TCC (trastorno de compras compulsivas) continuaba agravándose y, menos mal que los centros comerciales de su ciudad tenían ya sobrada información del problema, es más, en la mayoría de las tiendas la conocían perfectamente y sabían a qué atenerse y a quién debían llamar.
Pero la unidad familiar se tambaleaba porque ella cada día era más ajena a todo. Poseía la rara habilidad que tienen las personas con patologías específicas: encontrar siempre alguna salida, tanto para escapar a cualquier tipo de control, como para sustraer las tarjetas que ya guardaba su marido. Además, ella alternaba comercios, buscando aquellos en los que nunca había entrado y ampliando las zonas de compras con los pueblos y ciudades vecinos. Hoy día cualquier pueblo mediano, tiene un centro comercial grande y moderno en las cercanías.
Mientras Rosa, en otro despacho, leía atentamente las revistas, especialmente las que hablaban de promociones en ventas: “es una lástima, pensó, en este tiempo de crisis hay que limitarse, lo más posible, a las rebajas”-. Pero continuó haciendo planes.
Fotografía: www.biensimple.com, imagen: JEG.30,1 KG.

4 comentarios:

Internautilus dijo...

jajajaja...la verdad, me he divertido con esta historia, un final inesperado de los que me gustan a mi. Inventiva no te falta, así que !enhorabuena por este texto¡
Un abrazo.
V.

Zoe dijo...

Señora de la magia y de la inventiva si tuviera gorra y la llevara puesta me descubriría....jajajaja....
Saludos de otra compradora compulsiva aunque sin problemas tan graves, mi psicologo me dijo que era una buena terapia mientras mi economía lo soportara ;-).

De regreso de mis compras te dejo este comentario y un montón de bicos...

MNB dijo...

Hola, vengo a saludarte.

Con más tiempo me pondré al día.


Cariños.

RosaMaría dijo...

Qué maestría... Es un relato buenísimo, me imagino que estuviste haciendo investigación sobre el tema, pues lo has hecho magistral.
Un abrazo y más que felicitaciones por la forma, el fondo, el tema, y todo. Besotes