viernes, 14 de noviembre de 2008

EL ESCOPLO

Andrés, siempre había tenido una vena espiritual muy profunda y acendrada, quizá heredada de su padre que había sido un hombre profundamente religioso, aunque muy respetuoso con las costumbres y creencias de los demás. El respeto y la religión, habían sido sus mejores enseñanzas .
Cuando niño, impulsado quizá por algún amigo, por la época que transcurría, en la que no había demasiados alicientes, sobre todo en la pequeña ciudad en la que había nacido, o porque ese era el aire que habitaba su casa y sus días, se empeñó en pasar por el seminario, a pesar de que los usos y normas impartidos en dichos centros (que requerían una actitud firme y casi estoica, acostumbrada a la renuncia), no cuadraban con una mente infantil e inmadura como la suya. En aquel tiempo era un niño profundamente tímido y vergonzoso y la disciplina casi monacal exigida, había podido con su natural tendencia a la religiosidad. Pero, aunque no había conocido otra experiencia religiosa, estaba convencido de que la suya, la que le predicaban en casa, en la escuela y en la iglesia, era la única verdadera. Ya entonces en ese aspecto, tenía convicciones firmes que no lo abandonarían nunca.
No había sido un buen estudiante hasta que, cumplidos sus deberes con la patria, comenzó a trabajar en una importante empresa en expansión. Entonces sí, superadas infancia y pubertad, le llegó el afán de saber y ampliar horizontes. Se licenció en Derecho y amplió conocimientos y perspectivas.
Fue ese momento, tras despertar a la vida y con una madurez en desarrollo, el que hizo de Andrés una persona comprometida con su tiempo y, sobre todo, quizá con los vientos que en aquel momento soplaban en un país, el suyo, que estrenaba democracia y libertades y que por fin, parecía prepararse para un futuro que hasta entonces todos tenían vedado.
Se involucró políticamente y se afilió al partido situado más a la izquierda, luchando con auténtico denuedo por las causas sociales, comenzando por las que en su empresa surgían. De esta manera llegó a ser un responsable político bastante notorio, aunque nunca ostentó, ni quiso, cargo remunerado u oficial.
Estableció su vida y su quehacer en una pequeña ciudad de provincias, se enamoró, tuvo un hijo muy deseado y se afianzó tanto personal como profesionalmente.
Pasando los años y a medida que sus responsabilidades políticas exigían menos esfuerzo por mor de los notorios cambios y grandes avances sociales conseguidos y de una democracia, con defectos todavía, pero funcionando y con raíces que se fortalecían, comenzó a encontrarse inquieto, nervioso y, según sus propias palabras, un tanto vacío.
Su afán por trascender atacaba de nuevo y profundamente. La enorme espiritualidad o misticismo (o ambas cosas), que formaban parte de su carácter bondadoso y bonachón, casi rozaban lo patológico.
Estaba claro, su idiosincrasia le exigía un nuevo cambio. Es posible que, simplemente, retomar aquello aparcado, mientras la lucha por los avances y derechos sociales lo tenían ocupado, impidiendo que su alma se acabara de pulir. Eso al menos es lo que vino a deducir su mente empapada de un idealismo a ultranza. Su preparación e inteligencia le habían enseñado a pensar por sí mismo, pero lo que había despertado su mente, la fructífera etapa vivida, no le satisfacían. Su espíritu, que se inclinaba siempre a ayudar a los demás, no se conformaba con lo que hacía.
Y su familia asistió a un nuevo proceso a la inversa. Al principio, los sutiles cambios que se producían en él, carecían de importancia. Sin embargo, comenzaron a aflorar actitudes sobre las que no tenían control y en las que no les dejaba participar u opinar. Asistía a actos religiosos solo, intentaba deshacerse de posesiones materiales que hasta entonces le eran queridas, pretendía que ellos lo siguieran, sin hacer preguntas ni cuestionar, el dinero representaba un grave problema de conciencia...
Esas cosas tontas, esas naderías, impulsaron a las personas que más lo amaban a investigar qué lo movía y en qué y con quién se estaba comprometiendo, para descubrir que se trataba de una secta con la máscara de un nuevo grupo religioso de ayuda al necesitado y crecimiento personal.
Lentamente, a pesar de la preocupación e insistencia de su mujer e hijo para que abandonara, se fue alejando y comenzó a sacrificar su compañía, en favor de una distorsionada caridad, que ponía al prójimo y al espíritu, siempre antes.
Hasta que, no mucho más tarde, el nudo que con su mujer había tejido y que había nacido del amor, complicidad, respeto y buen hacer de dos personas, se rompió, no pudo soportar los fortísimos envites y embates de una tempestad que, con la imagen ideal de una fe errada, se había grabado en su cerebro con el probable cincel de la estupidez, la ignorancia, el fanatismo y la ceguera. Ese grupo fue para él, un escoplo que cercenó y esculpió sin remordimiento.
Perdió su trabajo y llegó el divorcio y el dictamen de un juez que, con bastante cordura, lo desposeyó de sus bienes materiales en favor de su familia, dejándole, exclusivamente lo que por ley le correspondía y que, inmediatamente, pasó a engrosar otras arcas. Y, el grupo que lo había captado, protegido por una iglesia trasnochada, continuó con su actividad.
Hoy Andrés hace ya mucho tiempo que no reside con su familia. A veces su hijo lo encuentra en la calle, o en un parque, con un libro en la mano y los ojos un poco extraviados, intentando convencer a todo el que se presta a escucharlo, de que el único camino en este valle de lágrimas (así lo define), es el que él eligió, el exclusivo medio que no lleva a la muerte, el que conduce directamente a la vida, a su dios.
Y si en esos encuentros, sus miradas se cruzan, Andrés no buscará un acercamiento, bajará los ojos para no sentir y dará la espalda al reconocimiento y al amor.

Imágenes: Murales de Gabriela Garbo.- Partes de "La búsqueda de lo esencial" y "Atando nudos".


5 comentarios:

Gudea dijo...

Excelente entrada para un tema tan escabroso como el de las sectas. Esos falsos salvadores de almas que manipulan a las personas hasta desvincularlas de los suyos.A veces me pregunto si será tan difícil acabar con esto. Yo creo que no, el problema es, que al igual que con otras muchas cosas, no hay nadie que ponga toda la carne en el asador para terminar de una vez con estos abusos.
Felicidades.
Un bico.

Caminante dijo...

Buen viaje al infierno en el que las víctimas se perciben de forma bilateral: por una parte el propio abducido por la secta y por otra la familia y los amigos que observan desde fuera, impotentes, toda esta transformación.

La signora dijo...

La búsqueda.

Saludos cariñosos. Conocí las camelias y son hermosas aun espero tus fotografías.

Balteu dijo...

Desgraciadamente así es, como tú muy bien cuentas y saben buscar la debilidad de la persona que captan, ahí en tú ciudad, tengo un vivo ejemplo de alguien cercano.
Bien expuesto el problema paisana, me gustó como lo hiciste.

Un bico.

trainofdreams dijo...

Me recuerdas mucho en algunas cosas de tus estupendas narraciones a una amiga chilena que no se decide a abrir un blog.El viaje que cuentas de desarraigo social y familiar concluye con la propia destrucción personal.Cómo se aprovechan ciertas sectas¡. Pasé un rato a releerte...

Bicos