jueves, 16 de octubre de 2008

SUEÑOS PELIGROSOS

Imagen: "Ensoñaciones", de Susagna Urgell

Sofía vivía en la puerta de enfrente desde hacía tres años. A veces compartían ascensor, comentarios y buenos deseos. Incluso un par de veces tomaron café juntos en el bar de al lado.

Poco a poco, sin proponérselo se fue enamorando pero, introvertido y tímido como era, no pasaba de abrirle una puerta, cederle el paso o unas frases intrascendentes cuando coincidían.

Pensaba que era perfecta: simpática sin alardes, con el gracejo de su tierra y, al mismo tiempo, dulce y serena. Sus grandes ojos oscuros, proporcionaban paz y siempre parecían estar dispuestos para dedicar atención y sonrisas. Discreta y guapa, tenía una boutique en el barrio, también discreta pero con gusto, y no era sujeto de ningún tipo de habladurías.

Había llegado, procedente del Sur, para abrir la tienda con el dinero que había conseguido después de vender las propiedades heredadas de sus padres, según ella misma le contara. Se había quedado sola y prefirió romper con todo y empezar de nuevo en otro lugar.

Él era un solitario. No tenía relación con su familia desde hacía varios años porque siempre lo presionaban e importunaban para que saliera más, hiciera amigos y alternara con chicas. Acabó cansado de tanta intromisión en su vida y sentimientos y terminó alejándose. Ahora, que ya nadie se metía en sus cosas, hacía lo que quería.

Tampoco tenía amigos y no se relacionaba con nadie, excepción hecha de su terapeuta, con el que a veces daba una vuelta un sábado por la noche. Le gustaba esta terapia de los viernes por la tarde; José Manuel era un tío inteligente y de agradable conversación y que además no lo sonsacaba ni presionaba excesivamente.

Así que la llegada de Sofía fue como si un soplo de aire fresco entrara por su puerta. Pensaba que la amabilidad de ella, no podía traducirse de otra manera que el simple placer que le proporcionaban su propia conversación y compañía.

Era traductor y trabajaba en casa por lo que poco a poco, aprendió sus horarios y se limitaba a hacerse el encontradizo.

Aunque, últimamente, se apostaba con alguna frecuencia enfrente de la tienda por darse el gusto de verla en su trabajo y vigilar sus pasos a la salida. Pensaba que no estaba bien, pero el anonimato le gustaba. Y sobre todo le gustaba mirar sin ser visto, no tener que esforzarse en buscar temas comunes o interesantes de conversación, vigilar para comprobar qué hacía, seguirla a distancia, mirar y analizar cualquier gesto y todo, bien parapetado. Saboreaba esos instantes de un voyeurismo que no se confesaba, casi como si admirara una maravillosa obra de arte.

Sin embargo, comenzó a ilusionarse porque su mente hacía reales esos encuentros y se imaginaba largas conversaciones y paseos que no se producían o lo hacían sólo en su imaginación.

Quizá ahora, se decía, comenzara a vencer su timidez, su introversión y, por fin, es posible que pudiera tener relaciones normales con los demás, especialmente con las mujeres, con las que únicamente de vez en cuando, tenía encuentros fugaces y pagados.

Sin embargo sabía que se estaba convirtiendo en algo patológico y posiblemente peligroso o, cuando menos doloroso, pero se limitó a callar o mentir en las sesiones de terapia.

Es más, desde hacía dos o tres meses estaba especialmente preocupado porque los fines de semana no conseguía averiguar qué hacía la mujer, dónde se metía. Pasaba esos días de mal humor y fisgando a hurtadillas hasta que el domingo, siempre a las 11 de la noche, la veía llegar.

Con el paso del tiempo y traduciendo sus ensoñaciones como algo cada vez más real, tomó la decisión de proponerle en matrimonio.

Por eso hoy viernes, estaba Agustín apostado en su rincón favorito, pero muy nervioso y emocionado, esperando a que cerrara la tienda. En la mano, que conservaba en el bolsillo, con todo cuidado, llevaba una cajita con un precioso anillo de compromiso. Le diría que la quería, que estaba enamorado y deseaba casarse.

Se apagaron las luces de la tienda y ella salió. Cuando comenzaba a cruzar, un hombre se bajó del Mercedes aparcado delante y acercándose a Sofía, la besó largamente.

¿Quién era aquel hombre?

PRIMER FINAL

A los tres días, José Manuel su terapeuta, preocupado por la falta de noticias, se persona en su piso con los bomberos y, después de llamar insistentemente y al no recibir ningún tipo de contestación, fuerzan la puerta encontrándose a Agustín sentado en el suelo, en un rincón, y recogido sobre sí mismo. En el suelo a su lado, un martillo y lo que parece haber sido un envoltorio. Ni siquiera levanta su cabeza cuando entran en la vivienda. Sobre una mesa hallan lo que pudo haber sido un anillo, pues lo único reconocible es un pequeño brillante. Se nota la saña empleada para destruirlo.

SEGUNDO FINAL

El domingo a las 11 de la noche, cuando ella llega a su puerta, en el momento que se agacha para coger lo que parecía una preciosa cajita colocada sobre la alfombrilla, recibe un fuerte golpe en la cabeza que la deja inconsciente y unas fuertes manos la arrastran hacia la puerta de enfrente.

Lo había traicionado, pagaría su culpa.
TERCER FINAL

Quizá, si alguien tiene la paciencia de leer y comentar, se anime a dejar otro final.

6 comentarios:

Gudea dijo...

Jamás me atrevería a proponerte un final, admirada dama. Solo me voy a permitir una pequeña licencia.
Siéntate delante de la pantalla del ordenador, lee despacio el relato, cuando lo acabes, léelo de nuevo y en ese instante, cierra los ojos y escucha lo que tu protagonista te dice.
Ese será el mejor final para tu historia.
Por cierto, me parece excelente.
Biquiños.

La signora dijo...

Agustín palpó con ansiedad la cajita con el anillo. Sin darse cuenta la apretó más y más.Había un temblor visible e incontrolable en su quijada. Pensamientos en tropel acudieron a su mente, prevaleciendo uno que le había acompañado a lo largo de su vida. Seguiría estando solo, ahora más solo que nunca pues el anhelo de ser correspondido se truncó de golpe con aquellos besos que debieron haber sido los suyos para ella.

Un mes después.
La cajita con el anillo le acompañaba siempre como un recordatorio. Esa vez en el café en el que la había encontrado le esperaba una sorpresa. Una chica nueva acudió a tomar su orden. Cuando alzó la vista para responderle una chispa iluminó sus ojos.

P.D. Sabes que me encanta como escribes. No considero faltarte, al contrario respondo gustosa a la invitación que dejaste y la cual agradezco. Saludos afectuosos.

Froiliuba dijo...

Agustín, como era un cobarde y siempre lo había sido, se marchó a su casa pensando que era el camino, que era su destino y que nada podía hacer.

Siguió soñando sus encunetros y cada vez más fué adaptando a su mente aquel fracaso hasta que un día llegó a la conclusión de que era él el que la había dejado a ella.

A partir de aquel momento Agustín fué de nuevo feliz y ella, ajena a todo su proceso mental, siguió saludándole en el ascensor.

La signora dijo...

Me encanta Froiliuba, porque como decimos por acá no tiene pelos en la lengua.

Saludos.

Manuel Montesinos dijo...

No podía pasar por aqui sin decirte ¡Hola!. Un fuerte abrazo Ana.

Versosoy dijo...

El tipo era alto y tenía buena presencia. Interrumpió el beso para mirarla. ¡Como sería esa cara a tan solo unos milímetros? Agustín se supo un bicho raro, un perdedor, se supo el Agustín de siempre y una lágrima fría como el hielo le resbaló de la mejilla al abismo. Solo una.
La cajita comenzó a pesarle en las manos, como si la hubiesen llenado de plomo, como si toda la tristeza del mundo se escondiese dentro. Saco el anillo y tiró la maldita caja a un contenedor.
Caminó cuatro calles y compró una botella de güisqui en un chino. Ya en su casa, en su sillón, bebió despacio, a tragos largos sin levantar los ojos del anillo colocado en la palma de su mano izquierda. De buenas a primeras se lo metió en la boca y dio un buche interminable a aquella botella barata. No recordaría aquel brillante podrido nunca más. Le pudo el sueño.
Amaneció tirado en aquel sillón, con la botella casi vacía sobre el vientre. Se duchó, se aseó y se vistió. Salió a tomar café. En la puerta del ascensor se cruzó con Sofía. "Buenos días" "Buenos días" y sorprendido por la llegada de una nueva vecina se encaminó hacía el bar en busca de un café caliente.


Me gusta mucho como escribes, cualquiera de los finales que planteas es acertado. También los de La signora y Froiluba me han gustado. Pero reconozco que me ha encantado la idea de jugar a crear un final. Aqui va mi humilde The end. Moltos besos.