jueves, 9 de diciembre de 2010

OBSEQUIO DE "REYES"

Comprobó todos los ajustes, probó si los anclajes de la montura estaban bien sujetos al trípode, volvió a repasar la alineación y comprobó que el telescopio estuviese bien equilibrado.
Únicamente tenía que esperar a las 8 de la tarde y, amparado por la oscuridad de la hora, deleitarse con la la observación más importante de su vida. Su descubrimiento.
Que el profesor de Astronomía se empeñara en seguir despertando su interés era algo que ya no le importaba, ahora tenía un auténtico aliciente. Por fin había encontrado su parcela para estudiar y analizar. Había comenzado a aplaudir el regalo que sus padres, siempre preocupados de su educación, le habían hecho en "Reyes" del año pasado.
Contento con el resultado, enfocó el objetivo que por una vez no estaba dirigido hacia el silencio y la oscuridad de un aburrido firmamento en el que nunca sucedía nada. Llevaba todo el curso mirando una luna, tan sosa como sus manchas, brillantes estrellas que no le decían nada, nebulosas y otras zarandajas.
La noche anterior había tenido una revelación en el momento en el que dirigió el enorme objetivo hacia el ventanal tras el que evolucionaba aquella fantástica mujer.

Imagen: Telescopio Herschel.

miércoles, 27 de octubre de 2010

MAQUILLAJE PARA UNA VENTANA


Imagen: Fotografía sin título de Elia Fuentes, Seixo, Xalundes.


Se sentó ante aquella vieja ventana, en la silla que tenía al lado de la camilla y apoyó su cansado brazo en la mesa que cubría un tapete blanco, confeccionado con sus ágiles manos muchos años atrás, en un tiempo en el que la soledad no era su compañera . Aquel mantelillo era el único símbolo que le quedaba de un antiguo esplendor.
Acarició la labor, suspiró y con la otra mano, colocó una horquilla rebelde que pretendía escapar del blanco moño que adornaba su nuca.
Ese gesto le recordó a Manuel y su mirada se iluminó. En los buenos tiempos él siempre se preocupaba por su peinado; le gustaba arreglada, perfecta, así que solía estar pendiente de su cabello y le gustaba empujar las horquillas que, indómitas, querían deshacer su precioso y característico peinado, que le aportaba años es cierto, pero también le regalaba una bella imagen: la de una jovencita tranquila, entrañable, acogedora y con una cierta elegancia
Manuel ya no estaba a su lado desde hacía mucho tiempo; se había ido con una chica 25 años más joven que ella, abandonando la casa común, pero llevándose fortuna y sueldo.
La mujer madura en que se había convertido, la que sólo se había ocupado de quererlo y de mimarlo, tuvo que comenzar una vida para la que no estaba preparada, dando la razón a todos aquellos, quizá más materialistas, pero lógicamente más prácticos y sensatos, que le habían dicho muchas veces: “ no te fíes, cásate, si alguna vez os separáis, no te quedará nada”.
Sin embargo ella, tan joven entonces, estaba enamorada y creía que la mejor clase de amor, es la que se regala, sin ataduras civiles o religiosas, sin contratos o imposiciones y deberes. Y además, aquel amor no podía ni debía terminar.
Buscar otra forma de vida para la que, tanto ella como sus manos, no estaban capacitadas, no fue lo malo. Esa parte no le importó, pues que siempre fue consciente de su falta de adiestramiento para vivir de su trabajo, pero no era ni soberbia ni vanidosa, así que trabajaría en lo que pudiera, mientras lo que ganara fuera lo suficiente para subsistir. Ya no pedía más y tampoco lo necesitaba.
Lo peor fue la ausencia que nunca pudo, ni quiso, superar.
Mientras no había encontrado de qué vivir, la casa, todavía hipotecada, se la había llevado el banco y las pocas pertenencias de interés, los acreedores.
Sus ojos se llenaron de recuerdos que, aunque ya no lastimaban demasiado, seguía sin comprender.
Miró la ventana con intensidad; sabía cómo se veía desde el callejón su vida y, a pesar de que no le gustaba dar lástima, una lágrima resbaló por su mejilla, cansada de esperar que la dulzura de un beso o una caricia, maquillara aquel recuadro.

sábado, 16 de octubre de 2010

ERA





Imagen: "Lenda mariña" (Leyenda marina), de Urbano Lugrís.













Un antiguo monstruo submarino,
de atrevidas paletas de colores
y mitologías grabadas en la piel,
era:
efímera imagen
de un silencio compartido,
un almacenado fajo de folios
y aquellos sueños olvidados
en un estéril jardín.
Era:
una llave que cierra el arca del tesoro,
un albo espacio de luz
y un altivo galeón,
surcando el desconcertado mar.
En la página de un libro,
era:
ignorado paraíso cubierto por polvo de tiempo
y un marca-libros de papel.
Era una nota de color junto a otra musical.
Era:
recuerdos de roca y mar,
aromas y memoria.
Era:
un ave solitaria que alza el ansiado vuelo,
viento, fiebre, calma y paz.
Era una hermosa leyenda con caballito de mar,
Era sonrisa, voz y sueño.
Era miedo.
Tan sólo era silencio.


lunes, 27 de septiembre de 2010

DESDE EL JARDÍN: MENTIRA Y SILENCIO

Carmucha dormitaba a ratos, cómodamente sentada bajo el enorme roble. El ramaje oscilaba mecido por una suave brisa que, aparte de un agradable frescor, producía un sonido que le hacía recordar el de las olas, cuando la espuma susurra en los arenales.
En cada cabezada, la mano que sostenía un libro, se relajaba y aquel caía produciendo un sonido sordo,  que automáticamente la despertaba.
Esta vez, el libro fue a parar a un pie, por lo que gritó “¡coño!”, soltando a continuación una sonora carcajada, al tiempo que, por mor de algún recuerdo que llegó colgado en el suspiro del sueño que estaba teniendo, escuchó con claridad la risa de Wenceslao, (“Ubences” para todos ellos), la primera vez que la oyó decir un taco.
Se percató entonces de que, aunque habían pasado más de cuarenta años, en su mente todavía muy activa, los recuerdos estaban frescos.
Su marido había fallecido, pero ella seguía viviendo en aquella casita que habían comprado para pasar las vacaciones. Disfrutaba del pequeño jardín y le encantaba hundir sus manos en la tierra fresca y ver crecer las flores. A pesar de su ya escasa actividad, era relativamente feliz. Disfrutaba de la música, algunas exposiciones, los amigos que quedaban y leía mucho.
Esperaba la visita de sus hijos y no quería volver a dormirse, así que, se levantó y fue hacia la casa en busca de aquella preciosa caja de hojalata, que recordaba ya en la casa de su madre y que había contenido, en origen, un rico membrillo.
La lata estaba abarrotada de viejas fotografías familiares y las primeras de su infancia, casi todas en blanco y negro. En las de su juventud, ya comenzaba a asomar el color. Las recientes ya eran de su otra vida. Sabía lo que buscaba y con la pesada caja bajo en brazo, volvió a salir a la suavidad de la tarde y a la preciosa luz que le regalaba Septiembre. De nuevo, en su roble, los dedos comenzaron a recorrer las manoseadas fotos, hasta que encontró y apiló las que buscaba..
Eran 20 o 25 fotografías de un grupo de gente joven, con una imagen muy hippy, que era la impronta de sus años universitarios. El “haz el amor y no la guerra” importado de lejanas tierras, comenzaba a influir y a avecindarse en sus calles. Era la pandilla que había nacido a la sombra de los graves claustros, aunque alguno de ellos, se conocían casi desde niños. “Qué jóvenes y tontos éramos”, se dijo.
En las fotos del último curso, ya estaba “Ubences” recién llegado a la ciudad. Hijo de militar, tenía una imagen seria, responsable y tranquila, que chocaba con la de los demás, casi todos barbados y de largas greñas.
Pasó sus dedos por las figuras como queriendo despertarlas, mientras musitaba los nombres de cada uno y volvía a las risas y voces de aquellos años. Como si sus huellas fueran un resorte, primero atropelladamente, en tropel, pero cuando logró calmar el inoportuno “potopón, potopón” de su corazón, los recuerdos afluyeron  de una manera suave, ordenados y dulcemente.

Aun después de tantísimos años, era bien consciente de la fascinación que el muchacho había despertado en ella, del estremecimiento que tenía que disimular, carraspeando o volviendo su mirada, cuando entraba en aquel bar en el que compartían tertulias, charlas, risas y discusiones enardecidas. Formaban un grupo dinámico y vociferante. Eran años muy activos en la Universidad española. La de Compostela no era una excepción. Comenzaba la invasión de las aulas universitarias por parte de la mujer y ellas tenían que esforzarse para estar a la altura y demostrar de lo que eran capaces.
Por tanto, ese especie de disfraz para tapar su turbación, la sacaba de quicio y más porque él no era nada especial. Sin embargo, su voz de profundos y distintos matices, muy varonil y su risa, franca, abierta, sin disimulos, la tenían cautivada. Y no era tanto por lo que dijera o lo que provocara su hilaridad, era por cómo sonaban una y otra. Ese tacto que tenían, la calidez y profundidad del tono, la espontaneidad de su hermosa carcajada. Era la melodía que aquellos días deseaba escuchar.
Una tarde que repasaba los apuntes desplegados en la mesa, mientras esperaba que llegaran los demás, levantó la mirada hacia la ventana, para pasmarse con las columnitas, siempre nuevas y siempre imposibles, que la lluvia hacía sobre el cristal y lo vio llegar.
Se le erizó el vello y se revolvió incómoda en la silla pensando “que llegue alguien más, por favor; no, mejor que no vengan nadie...”. Fue la primera vez que estuvieron solos un rato y, tras los saludos de rigor y el cambio de frases intrascendentes acerca del tiempo, la humedad o las eternas quejas acerca de algún profesor, comenzaron a llegar los demás.
Sin embargo, algo había sucedido, aquella larga mirada que le había dedicado desde la puerta, no era una mirada vacía, no lo era de saludo, de reencuentro habitual o de “¡fíjate que día!”. Creyó que era una mirada con contenido. Con un suspiro que no notó nadie, pasaron a los perentorios planes para la manifestación del día siguiente, aunque el resto de la tarde, su corazón no cesó en un bobo “potopón” “potopón”que, con todo lo que estaba sucediendo y lo que se traían entre manos,  creía vergonzante.

Carmucha se frotó el hombro izquierdo al recordar el golpe recibido por una porra. La actividad política llenaba aquellos días las aulas. Evocó los encierros, las carreras perseguidos por “los grises”, las ayudas de la gente, la ilusión de la lucha contra la dictadura, también el miedo, alguna detención de conocidos... Sintió de golpe todas las esperanzas, los deseos y anhelos de cambio.
Una frenética actividad juvenil recorría paraninfos, clases y calles de su querida ciudad, en aquella primavera de 1968. Le vino a la mente el insulto recibido por un diario que les había calificado de “inmunda escoria”. Pensó también que nunca volvió a tomar parte tan activa en la vida de una comunidad. Había sido una hermosa etapa en sus vidas. Pensaba que la puerta a la modernidad.
En ese caldo de cultivo, unió con vehemencia sus justas reivindicaciones sociales, como mujer y universitaria, con las aspiraciones personales que la empujaban hacia aquel recién llegado.

En la ciudad se estaba reponiendo “Matar a un ruiseñor” y Alfredo y Ubences, que justamente estudiaban Derecho no la habían visto. El día que les oyó quedar, siguiendo el consejo de los demás, pensó en presentarse, como por casualidad y se las apañaría para que la acompañara a casa.
Pero el azar y las calles que bullían de actividad, se aliaron para retrasarla. Llegó cuando apagaban las luces para dar comienzo a la proyección. No había demasiada gente y, al tratarse de un reestreno, la sala no tenía numeradas las butacas, por lo que se sentó en la última fila pensando que podría  localizarlos. Comenzó a inspeccionar las butacas y luego de repasar dos veces las personas que, aquí y allá, tenía delante, "¡qué suerte!" se dijo, estaban en su misma fila, al otro lado del pasillo. Le resultaría muy fácil hacerse la encontradiza.
El doblaje había dotado a Gregory Peck de una maravillosa voz y la película era una delicia, por lo que le resultó fácil abstraerse en la trama.  Sin embargo, cuando estaba a punto de terminar, los buscó con la mirada para tener controlada su salida y “¿qué era aquello” se preguntó. A pesar de la oscuridad, la luz que salía de la pantalla iluminaba lo suficiente para que los perfiles se vieran con nitidez: Alfredo tenía la cabeza apoyada dulcemente en el hombro de Ubences y ella sintió que tenían las manos estaban enlazadas.
Salió de la sala antes de que encendieran las luces y se quedó esperando, apostada tras un farola de la acera de enfrente. Como una vulgar cotilla, los localizó y durante un rato los siguió a una prudencial distancia.
La poca iluminación de las calles en aquellos tiempos, disimulaba su acoso y también protegía a la pareja que, de vez en cuando, unía sus manos durante unos metros. Sobre todo si no había más transeuntes.

Después de aquella tarde-noche, Carmucha intentó con todas sus fuerzas continuar con su vida de siempre, pero no fue capaz de enfrentar las miradas de la pandilla y callar. Sobre todo, le pesaban los enamorados ojos de Pily, siempre pendientes de Alfredo. Jamás se atrevió a contárselo a alguno de ellos, ni siquiera a su mejor amiga Elena.
En aquellos años, ese tipo de habladurías hubieran propiciado un total ostracismo social y profesional, Además tenía serias dudas, a pesar de lo que estaban viviendo,  respecto a la tolerancia de alguno de sus compañeros. Una cosa era hablar, manifestarse o correr ante los grises y otra muy distinta poner en práctica lo que se decía.
Ahora se da cuenta de que, justamente en ese momento, comenzó su auténtico desarrollo personal. Su primera decepción romántica, la obligó a madurar de golpe y aprendió que es cierto el dicho de que “no es oro todo lo que reluce”, sin que ello venga significar que, lo que no es oro, sea malo “per se”. Empezó a tratar de entender, a abrir su mente a nuevas posibilidades y nuevas opciones, a ponerse en la piel de los demás, fuera cual fuera su condición de “distinto”.
Sin embargo, no fue capaz de enfrentar la situación. Con cualquier disculpa, poco a poco dejó las tertulias en aquel bar, aunque siempre mantuvo el contacto y amistad con todos ellos. No se podía dar la espalda a todo lo que estaba sucediendo y no lo hizo, pero ahora reconoce, que su compromiso y sus ideales nacientes, aunque la ayudaron mucho, tardaron en fructificar en su manera de actuar.
Luego, al acabar los estudios, asistió a la inauguración del bufete que Ubences y Alfredo montaron y, poco más tarde recibió la invitación para la boda de Pily y Alfredo, aunque no fue capaz de ser testigo de algo que, de antemano sabía que era mentira y estaría abocado al fracaso.

Todavía le dolía el silencio que había mantenido en un momento tan fructífero, de cambios tan necesarios como pronfundos y de una evolución tan extraordinaria.
Siempre supo, aunque le costó trabajo  aceptarlo y perdonarse, que no había estado a la altura que las circunstancias exigían.

Imagen: "Mujer sentada en un jardín", Pablo Picasso.

lunes, 13 de septiembre de 2010

IMAGINO, DIBUJANDO PALABRAS

Imagino tu cuarto colmado de sensaciones
Imagino, el lecho de sábanas revueltas por la premura de la vida.
Imagino una mesa, en la que descansas tus papeles de joven poeta.
Imagino la pantalla de un ordenador, callada, seria y aguardando tus huellas.
Imagino esa la luz que desprende aquella sencilla lámpara.
Imagino, una ventana plagada de imágenes, que entran buscando un hogar
Imagino, o sueño, tu rostro sereno
Imagino tu ropa sobre la butaca, en la esquina.
Imagino una puerta de armario entreabierta
Imagino que piensas, o sueñas,  mi mirada que te espera
Imagino un quimera, plagada de palabras y caricias sin destino
Imagino el pequeño ventilador, olvidado por el frío del invierno
Imagino aquel amado bastón de tu padre, apoyado en un rincón
Imagino, la alfombra torcida y tus zapatillas olvidadas encima
Imagino tus alados anhelos, revoloteando en busca de su lugar
Imagino palabras flotando, ambiciones suspensas, quereres cercanos
Imagino tu nombre, soldado sin armas, adalid de ninguna guerra
Imagino, paredes abarrotadas de mudos y pendientes vocablos
Imagino tu sólida imagen
Imagino tus libros, apilados en tres rimeros cubiertos de polvo
Imagino la manera en que, a vuelapluma, escribes tu último verso
Imagino al perro dormitando muy cerca de tus largos y desnudos pies
Imagino la mano nerviosa, que alborota tu cabello tras la idea que huye
Imagino tu casa en el campo
Imagino, que puedo inventarte.
Te dibujo a ti.


Imágenes: Pinturas del magnífico pintor norteamericiano,  Andrew Wyeth,